elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

YA SOY EL MAR

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Yo nací río inocente y claro. El manantial que me dio vida, brotaba del interior de una montaña, situada en el centro de un país mediterráneo y que pertenecía  a una cordillera abrupta y escarpada pero, al mismo tiempo, sembrada de valles verdes y resguardados de los vientos.

Mi montaña no era ni la más alta, ni la más baja, pero también tenía su valle, el mejor de todos porque se prolongaba entre otras montañas colindantes, procurándome un discurrir pausado y apacible, donde yo formaba parte del paisaje y me conducía, como a un niño le conduce su familia.

Desde que comenzó mi andadura, nada más salir a la superficie, intuí que mi recorrido habría de llevarme a un final, y que éste podría ser la unión con algo definitivo y grandioso que justificara mi nacimiento. Pregunté a un  pequeño lago que estaba estancado muy cerca de mí, y se sorprendió de mi pregunta, pues nunca se había planteado que hubiera algo distinto de lo que nos rodeaba. Pregunté al rocío de la mañana y me dijo que había más, mucho más, al final de mi camino. Pregunté a la lluvia, y me contestó que ella viajaba por muchos lugares, pero que el que más la gustaba era  el mar, que era blando y acogedor, que cuando lo tocaba se fundía con él y participaba de su inmensidad. Sentí curiosidad y quise vivir esa experiencia. Y me preparé para comenzar mi viaje.

Ya tenía claro que mi destino era llegar al mar, pero también que para encontrarme con él tenía mucho camino que recorrer y, por ello, estaba deseando llegar a una zona de mayor pendiente para avanzar con más rapidez. Mi ansia por formar parte del mar me daría fuerzas para superar los obstáculos que se me presentaran, pero, al mismo tiempo, disfrutaba imaginándolos porque los veía como retos que me harían más grande.

Me  gustaba deslizarme suavemente por mi valle, disfrutando del sol y del paisaje que se formaba a los lados de mis orillas, pero para mí no era suficiente.

Mi primer contacto con la humanidad fue con unos montañeros que querían llegar al lugar de mi nacimiento, en su afán de alcanzar la montaña más alta. ¡Buena desilusión se llevarían cuando comprobaran que mi procedencia estaba mucho más cercana!. Pero acamparon cerca de mí y mis transparentes aguas les sirvieron para apagar su sed y descansar sus pies doloridos,  por el esfuerzo de la caminata, dentro de sus grandes botas.

Pero yo no me conformaba con eso, quería más. Quería conocer nuevas rutas y encontrarme con otros ríos que también quisieran llegar al mar.

Me deslicé por un cauce, no muy ancho, pero profundo, y comencé a coger velocidad, llegando a una zona donde terminaba el valle y viajar entre rocas era el único camino.

Me sorprendió el cambio, pero no me desanimó y salté sobre piedras donde se cobijaban peces pequeños, para no ser apresados por otros más grandes. Esto ya me empezó a extrañar,  pero comprendí la necesidad de ser más fuerte y más grande.

Seguí descendiendo y me encontré de nuevo en tierra llana, donde otro pequeño río pasaba cerca de mí. Recorrimos un corto trecho juntos y le conté mi proyecto de llegar al mar y me pidió que nos uniéramos pues él también  lo deseaba, pero no estaba muy seguro de que fuera tan buena idea.

Más adelante tomé contacto con gente. Pasé cerca de un pueblo pequeño y tranquilo, donde los niños venían a bañarse en mis aguas, las mujeres lavaban la ropa y los amantes, al atardecer, paseaban por mis orillas sus galanteos y promesas de amor. Un poco más lejos se veían rebaños de ovejas, que los pastores vigilaban, y que con sus acompasados balidos llenaban el valle de vida.

Pero yo quería seguir mi camino, cada vez más impaciente.

Poco a poco el tiempo se fue haciendo más y más desapacible. Llegaba el otoño y sobre mí caían los hojas de los árboles que se miraban en mis aguas desde las orillas. Comenzó a llover, primero suavemente y al cabo de unos días de forma torrencial. Y me hice mayor, y mis fuerzas se multiplicaron. Y seguí avanzando.

Pasé cerca de caminos por donde transitaban gentes que se trasladaban de un pueblo a otro; de carreteras saturadas de coches que circulaban a gran velocidad, y cuyos ocupantes no se molestaban en mirarme, preocupados por llegar pronto a sus destinos; de ciudades grandes que atravesaba por debajo de puentes que unían mis dos orillas, donde se asentaban fábricas y embarcaderos y cuyos habitantes aprovechaban mi fuerza para mover sus máquinas y transportar su mercancías en pequeños barcos.

¡Qué distinto este paisaje del primero que conocí!. ¡Tanto ruido, tanto movimiento, cuánta suciedad…!.

Mis  aguas ya no estaban transparentes. Habían perdido su paraíso y habían ganado en caudal y fuerza. De ser útil en la  vida cotidiana de algunos hombres, pasé a ser útil para los negocios de otros.

Pero cada vez estaba más cerca del mar.

Se me unieron otros ríos que llevaban mi mismo camino, pero que no sabían cual era su destino y me pidieron que les llevara conmigo.

Pasamos varias semanas avanzando más lentamente por un terreno llano. Y también había mas sol, el aire era más cálido y los hombres y mujeres que habitaban cerca de mis orillas se iban despojando de sus ropas invernales.

Y yo volvía a ser un solo río y un solo pensamiento: llegar al mar.

Al fin un día lo vi a lo lejos, majestuoso, inmenso.

Yo que ya me sentía  como un gran río, me quedé impresionado, maravillado  de su grandeza, de su color. Todo el cielo se reflejaba en él. Y volvía a ver la armonía en mi

Tuve miedo a perderme en él, a dejar de ser río, a dejar de ser yo mismo, pero era tal la atracción que sentía que, sin pensarlo más, corrí hacia él. Y El me abrió sus brazos.

Mi gran sorpresa fue cuando me dijo: “Hijo, te estaba esperando. Bienvenido a casa”.

Sus palabras ensancharon mi corazón, y comprendí que había llegado a buen puerto.

¡Había merecido la pena !.

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