elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

UN PERSONAJE

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Sorpresa de la Agente de la Circulación al acercarse al coche para rellenar el impreso de infracción. Tres caras de payaso, un adulto y dos niñitas, la interrogaban con la mirada a través de la ventanilla. Sin poder contenerse soltó una carcajada. El payaso en cuestión tenía el rostro sonriente y mirada melancólica. Atrayente e infantil. Cuerpo atlético y movimientos pausados.

Julia y Andrea con la impaciencia de sus tres años, preguntaron a su papá por qué no seguían cantando. Este esperaba la decisión de la autoridad, quien dadas las circunstancias y la poca importancia de la infracción cometida, les autorizó a reanudar la marcha, con la condición de no lavarse la sonrisa.

Era su día juntos. Javi suspiró y se tocó la nariz. Notó algo pegajoso y en el dedo pintura roja. Comprendió entonces la sorpresa de la Señora Agente. Y volvieron a cantar. –No pasa nada, se dijo, hoy es nuestro día-, mientras pensaba: “Si hubiéramos venido los cuatro juntos esto no habría pasado. María estaba siempre al tanto de lo que había que hacer. Bueno, que mierda, y eso qué importa, peor para ella. Y siguieron cantando: “Había una vez un barquito chiquitito, había una vez…”. Las pequeñas gritaban y palmoteaban, como si estuvieran en la guardería, pero más contentas: estaban con papá.

Llegaron a la zona de acampada en Cotos. Desde luego no era un 5000, pero bueno, era suficiente. Los demás ya estaban allí: Juanma, Santi y Carlos, con sus familias. Se abrazaron todos contentos de estar juntos, sobre todo la chiquillería, que en general tenían las mismas aficiones que sus padres.

Javi después de los saludos, se fue alejando poco a poco, como buscando sitio donde montar la tienda. Luego se paró y su mirada se hizo más melancólica. Recordaba el recibimiento que le hacía María cuando regresaba de sus escaladas más duras, con el triunfo en el semblante. La veía orgullosa de su fuerza, de su alegría. Era el mejor de todo el grupo y ella lo abrazaba satisfecha de su éxito. Más tarde, cuando decidieron compartir todos sus días, ya no era igual. Le pedía más responsabilidad, más estar con ella, más trabajar, más dejar ilusiones… ganar más. Insistió en tener hijos, eso les uniría, decía. Pero no fue así. El quería a sus hijas, disfrutaba con ellas, pero la montaña le atraía demasiado, no podía olvidarla. Un año después se separaron.

Javi llevaba a las niñas con sus amigos, los días que la Ley le dejaba ejercer de padre. Quería que disfrutaran de lo que para él había sido su vida. Sus amigos le entendían, aunque ellos se adaptaron mejor a la vida compartida que habían elegido. El siempre se quedaba contemplando las cumbres, recordando cada escalada, cada revuelta, cada cota. ¿Dónde se perdieron sus sueños de llegar a lo más alto?.

Santi se acercó por detrás y le puso el brazo sobre el hombro. -¿Qué hay, Javi, soñando?-.

– Ya ves, Santi. Mis sueños siguen vivos. Y mis deseos de que se realicen también. ¿Crees que será posible?

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