elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

¿QUÉ PASARÍA SI…?

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Como todos los días, desde hace un par de años, están desayunando en la cafetería, contándose los problemas de su vida y de sus respectivos trabajos y, como todos los días están convencidos que el trabajo del otro no es tan interesante y problemático como el propio.

Ambos pertenecen a esa generación de hombres jóvenes que  saben estar al día, tanto en su trabajo como en su vida cotidiana.

Alberto es algo más alto que Juan, y viste con desenvoltura de traje y corbata, es moreno, tanto de piel como de cabello y sus modales  son los propios de un joven ejecutivo. Juan, por el contrario, tiene una apariencia un tanto descuidada, por llevar casi siempre su castaño cabello despeinado, dada su manía de meter los dedos en él  mientras lee. Hoy viste cómodo pantalón  marrón y jersey de color beige, por cuyo cuello asoma una camisa sin abotonar.

Como todos los días, siguen dándole vuelta a sus temas de siempre y principalmente el tema trabajo.

Alberto dice:

–   Tu trabajo es tranquilo, sin sobresaltos. Sabes cada día lo que tienes que hacer. En cambio el mío está lleno de imprevistos que, si no improvisas sobre la marcha la solución adecuada, te puedes jugar el puesto.

–   Ni lo pienses – contesta Juan con vehemencia -. El tener delante de ti cada día un grupo de adolescentes, que se te alborotan por menos de nada, mantener su atención continuamente y que además aprendan, es mucha responsabilidad. Además viene la segunda parte: mi compromiso con las revistas. Me piden un artículo sobre un tema determinado de un día para otro, y hay que mantener el nivel, si no, se olvidan de ti rápidamente.

–   No sé que decirte. De todos los temas tienes montones de información, sólo es cuestión de sintetizar desde tu punto de vista y listo.

Juan se echó a reír.

–   Ya, que gracioso. Que se dé cuenta de eso el editor y verás lo que duras en su revista. Y en otras, porque enseguida se corre la voz. En cambio tu con tu don de  gentes y tu habilidad para metértelos en el bolsillo tienes garantizado el éxito. Vas a una cena de negocios con los directivos de una empresa y sus mujeres; cuentas unos cuantos chismes con gracia; comentas la belleza de las señoras y les distraes con tus aventuras en alguno de tus viajes. Bebéis unas copitas de cava, les propones participar en un negocio estupendo, con todas las garantías del mundo, naturalmente con la experimentada ayuda técnica de la empresa que representas, y les dejas con el gusanillo de poner en marcha el negocio propuesto. Luego viene la parte musical. Sacas a bailar a la esposa, o lo que sea, del director, alabas su exquisito gusto en el vestir, bla,bla,bla,  etc.etc., y tienes una colaboradora segura.

–   Si te parece tan fácil ¿por qué no pruebas a hacerlo tu? – le sugirió Alberto, algo picado.

–   Hombre, no se trata de eso. Al fin y al cabo yo tengo mis problemas que resolver y tu los tuyos – dijo rápidamente Juan, temiendo haberse pasado.

–   Bueno, bueno, no te vayas por la tangente. Te propongo un trato: por un día tu haces mi trabajo y yo el tuyo. ¿Te atreves?

Alberto,  poco a poco, se iba entusiasmando con la idea. Su espíritu abierto y aventurero le decía que podía ser una experiencia única. Quería incitar a su amigo para que accediera al juego.

Juan dudaba, aunque en su fuero interno se sentía atraído por ese mundo, tan distinto al suyo, en el que se desenvolvía su amigo.

Alberto y Juan se conocían del Instituto. Nunca fueron grandes amigos pues, aunque estaban en la misma clase y en el mismo grupo, sus caracteres eran muy distintos. Juan era siempre puntual, tanto para la hora de llegar a una cita como para sus compromisos, que cumplía siempre. Aunque era alegre y participaba en algunas fiestas y bromas con el grupo, nunca se pasaba demasiado y recobraba pronto su papel de alumno responsable. También fuera del entorno del Instituto, se juntaba con sus amigos de siempre para frecuentar lugares divertidos, bailar, ligar con alguna chavala alegre y volver a casa de madrugada, siempre y cuando fuera en fin de semana. Nunca en días de clase.

Cuando terminó el Bachillerato se decidió por estudiar Filología Hispánica y disfrutó con sus estudios, terminando la carrera con notas brillantes, lo que le permitió llegar a Licenciado y más tarde conseguir una plaza como profesor de Literatura en un buen colegio de Madrid. Además dedicaba su tiempo restante en escribir sobre todo lo que le llamaba la atención, que eran muchas cosas, y mandaba sus artículos a periódicos y revistas, consiguiendo que le publicaran algunos y, poco a poco, se afianzó en ese mundillo con temas puntuales. En la actualidad disfrutaba de un status profesional y económico bastante bueno, pese a ser todavía muy joven.

Alberto, por el contrario, fue siempre el que organizaba todas las fiestas en el Instituto. Siempre estaba dispuesto a faltar a clase por preparar algo divertido, y además conseguía  conquistar a los profesores para su “causa”. Tenía siempre a su alrededor un buen grupo de admiradoras, compañeras de clase o amigas de compañeras, y siempre estaba inventando nuevas pequeñas gamberradas que eran perdonadas por su labia al disculparse. Eso sí, nunca suspendía, aunque fuera por los pelos y hubiera tenido que preparar la noche anterior el examen correspondiente.

Decidió estudiar Empresariales y al terminar fue admitido, como becario, en una importante Empresa de exportaciones y posteriormente premiado con un puesto de trabajo fijo, gracias a su disponibilidad  para la empresa, a cualquier hora y en cualquier lugar, y a su carácter jovial y buena presencia. Poco tiempo después, le nombraron Responsable de un Departamento, lo que le permitió llegar a un nivel económico alto.

Desde hace unos dos años, tanto Alberto como Juan tienen sus lugares de trabajo relativamente cerca, por lo que un día se encontraron desayunando en la misma cafetería.

Alberto se le quedó mirando, entre asombrado y escéptico.

–   Yo a ti te conozco. ¿puede ser del Instituto? ¿El Lope de Vega?

Juan sorprendido en su quehacer (aprovechaba este rato para corregir sus escritos), le miró, sin comprender al principio que se dirigía a él. Al momento vinieron a su mente recuerdos de su adolescencia y allí estaba esa cara que no había cambiado mucho desde entonces.

–  Eres Alberto, no me cabe duda.- Y se abrazaron efusivamente, recordando su relación de otro tiempo.

A partir entonces se veían todos los días y se contaban cosas de sus respectivos trabajos. Pocas veces hablaban de su vida privada, porque para ellos eso quedaba en segúndo lugar. Y nació entre ellos una buena amistad.

Hoy tienen entre manos una gran apuesta y quieren plantear las reglas del juego, así que deciden comer juntos para seguir hablando de ello.

Durante toda la mañana, cada uno en su puesto de trabajo, no han dejado de pensar en cómo resolver el reto propuesto por Alberto. Están impacientes por encontrarse y comenzar la aventura, sea cual sea el resultado final.

Al verse en el restaurante, con un fuerte apretón de manos y gesto decidido, comienzan a puntualizar y por fin deciden que al día siguiente cada uno asumirá una función del otro.

Alberto tiene una cena con un pequeño grupo de empresarios a los que tiene que exponer un proyecto de fusión de empresas, y como ninguno de ellos le conoce personalmente, Juan puede hacerse pasar por él.

Alberto, por su parte, escribirá el artículo que Juan tiene que presentar en la revista a última hora de la tarde y que requiere mucho tacto para no ofender a cierto político. Finalizada la comida y con una sonrisa de complicidad, se despiden dándose un fuerte apretón de manos. Han decidido no verse ni llamarse hasta después de cumplir lo pactado.

Cuando se vuelven a encontrar delante de la taza de café, pasada la prueba, los dos están nerviosos. Alberto es el primero en hablar:

–  ¿Sabes? Has conseguido que aprenda a valorar el trabajo de los articulistas. Me ha costado un gran esfuerzo centrarme en lo que estaba escribiendo: releer otros artículos  para ampliar mis conocimientos sobre el tema, buscar en Internet datos actuales referentes a cuestiones políticas y de bolsa que, por cierto, nunca me han interesado lo más mínimo. Incluso he llegado a poner música ambiental relajante, que me ayudara a no abandonar mi despacho e irme a tomar una copa con mis amigos. En fin, que he tenido que sudarlo.

–  No creas, a mi me ha pasado algo parecido. Pensaba ¿quién me manda a mí meterme en camisa de once varas? ¡Con lo a gusto que estaría yo ahora sentado en mi sillón, con un buen libro entre las manos y música clásica creando ambiente!. Por un lado fue divertido, porque eran personas muy agradables, y la cena estaba exquisita, pero me hacían cada pregunta que se me atragantaba el bocado. Y luego que no se hartaban de hablar de negocios, dividendos, expansión comercial, etc. Y yo temiendo meter la pata ofreciendo más de lo que se podía. En fin que, cuando a las tres de la madrugada, decidieron que ya era hora de despedirnos, respiré profundamente. De todas formas, no creas que me importaría repertir esta experiencia en otra ocasión. Bueno, pero más adelante ¿eh?, puntualizó Juan.

–  Si, en el fondo ha sido interesante – dijo Alberto pensativo -. Bueno, me tengo que ir, que se ha hecho muy tarde. Hasta mañana.

–  Adiós, hasta mañana, contestó Juan, haciendo un gesto con la mano.

Cuando Alberto llegó a su despacho, su secretaria le dijo que el Director había preguntado varias veces por él. Alberto sorprendido y cauteloso se dirigió a la entrevista. Al entrar en el despacho, Don P. se levantó de su sillón y le abrazó cordialmente, al tiempo que hacía grandes elogios de su soltura en el trato con los clientes. Le dijo que el director de la empresa K había considerado muy interesante la propuesta que le había presentado en la cena de la noche anterior y que quería formalizar el contrato con ellos.

Alberto estaba alucinado. Agradeció a Don P. sus elogios y rápidamente fue a su despacho y llamó por teléfono a Juan. Era la hora del recreo de clase y dejó el recado de que le llamase en cuanto pudiera. Cual no sería su sorpresa cuando, antes de una hora, Juan le llamó felicitándole por el artículo enviado a la revista y que a él le habían elogiado diciéndole:

–  ¡Vaya Juan, ya sabía yo que algún día escribirías algo nuevo, algo en una línea más auténtica! Sigue por ese camino.

Cuando Alberto puso al corriente a  Juan lo que había hablado con su director, soltaron la carcajada y como no podían parar de reír, decidieron celebrarlo comiendo juntos de nuevo.

 

 

P.D.  Cada uno de nosotros somos la nostalgia de nuestro propio ser. En lo profundo del Tu y del Yo, se produce el encuentro verdadero que iguala a todos.

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