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Estaba sentada en un banco, frente al lago del Palacio de Cristal, del Parque del Retiro de Madrid. Miraba la superficie del agua como si en ella se fueran proyectando sus recuerdos. Algunos de ellos tan intensos y dolorosos  que hasta las aves acuáticas que allí vivían los percibían, y para ayudarla a olvidar, se los borraban moviendo el agua al pasar nadando delante de ella. Entonces alzaba sus ojos, miraba al cielo y su azul, iluminado por la luz del sol, le traía otros recuerdos, también luminosos, que la compensaba de la angustia sentida unos momentos antes.

Victoria era una mujer de mediana edad, bien parecida y  activa. Preocupada por los demás, como salvadora de todos los que la rodeaban, aunque no pidieran abiertamente su ayuda.

Vivía cargada de obligaciones, casi siempre impuestas por otros: “Tienes que atender tus deberes de esposa, para eso te casaste”, la decía su marido, cuando estaba cansada y no tenía ganas de asistir a alguna cena de negocios con él, o para otros momentos más íntimos; “Mamá esta comida no me gusta nada, a ver si aprendes algo nuevo”, oía cada día a alguno de sus cuatro hijos, todos adolescentes; “Hija, eres la mayor y siempre has tenido privilegios frente a tus hermanos. Nos gustaría que vinieras más a menudo a visitarnos, recordaríamos cosas pasadas juntos, porque tu nos entiendes”, le decían más o menos sus padres, cada vez que podía hacer una escapada para ir a verles.

Cada día le resultaba más difícil vivir de recuerdos felices, que en su memoria se quedaban reducidos a poco más que sueños. Quería comprender a todos, ayudarles, complacerles, pero también ella necesitaba ser alguien importante para ellos y que sus mensajes fuesen escuchados y comprendidos. Buscaba salidas a esta difícil situación sin conseguirlo. Tampoco quería contarle a nadie sus problemas, sobre todo a los más cercanos que consideraban que no tenía de qué quejarse. Su marido era un alto ejecutivo de una empresa importante. Asistían a espectáculos o cenas de alto nivel con frecuencia y ella era bien recibida, lo que enorgullecía a su marido, pero al que no podía contar sus preocupaciones más íntimas porque todo, según decía él “eran tonterías suyas porque tenía demasiado tiempo para pensar”. Sus hijos nunca se acercaban a ella para  hablarle de sus cosas: cómo se sentían en sus estudios, con sus amigos, sus deseos, sus ilusiones… Lo importante para ellos era colgarse del ordenador o la tele y, de su madre, sólo que les tuviera el plato en la mesa y lo que en cada momento necesitaban, a punto. Y también quejarse por todo.

Tenía 40 años y no quería seguir así otros tantos. Miró a su alrededor. Sintió que algo en su interior iba a cambiando, como también veía cambiado el lugar donde se encontraba. Había más claridad, los pájaros alborotaban con sus cantos y las sombras de los árboles eran más densas que otros días. Claros y oscuros que la motivaban para comenzar un nuevo capítulo en su vida. No pensaba en borrar el anterior, pero sí modificarlo. Se sintió más llena de energía. Se levantó del banco y sus pasos se hicieron más fuertes, dejando hondas huellas en la tierra del paseo.

 

Protagonista : Victoria, 40 años, atractiva, diligente e inconforme con su día a día

Narrador omnisciente

Personajes cercanos e influyentes: marido, hijos, padres.

Acción: Situación no deseada. Enfrentarse a tener que plantear la situación a los otros Personajes y que la comprendan y ayuden.

Meta : Conseguir una libertad que la permita ser ella misma y poder tomar decisiones Sin presión.

El primer capítulo, parte de una meditación que la lleva a tomar la primera decisión. Se irán introduciendo los personajes, para que tomen parte en el desarrollo de la acción.

Final de la novela: Conseguir su propósito, en parte, recorriendo un camino duro, lleno de incomprensiones, que la va fortaleciendo en su seguridad de que es justo.

La protagonista es una mujer activa y dispuesta a seguir en  su vida los conceptos que la inculcaron sus padres y el entorno y época en que se educó. Pero la situación va cambiando y no  se ajusta a lo que ella creía que tenía que ser. Todo ha cambiado, desde la situación social, de familia y de necesidades y este cambio lo afronta desde su interioridad, aunque en algunas cosas pierda. Se siente poco valorada como persona y quiere recuperar su identidad.

Victoria: 40 años, bien parecida, de carácter amable, paciente e impaciente por su actividad creativa. Le gustaba vestir bien, según la ocasión, aunque sencilla. Cuidar de que su marido y sus tres hijos fueran siempre presentables, lo que le daba no pocos disgustos por el poco caso que hacían.

Andrés: marido de Victoria, 50 años. Todavía atractivo, alto, pelo castaño, aunque ya con entradas por la frente. Culto y con gran esfuerzo alcanzó el puesto directivo que actualmente desempeñaba en su empresa, donde era muy valorado, consiguiendo un nivel alto socialmente para su familia. Pero dejaba en manos de su mujer casi todo lo referente a los hijos, por falta de tiempo.

Alberto: hijo mayor, 18 años. Ha terminado brillantemente sus estudios de bachiller. No le gusta que se metan en sus cosas, pues se cree autosuficiente, excepto en el dinero.

Oscar: segundo hijo, 17 años. Buen estudiante, alegre y divertido. Muy independiente. Admira a su hermano mayor y bromea metiéndose con el pequeño, lo que pone nervioso a su padre que lo considera de mal gusto.

Carlos: el menor, 14 años. Recibido como un juguete en la familia que le quieren mucho pero que nunca cuentan con él. Es el más inteligente de los tres y con el que mejor se entiende su madre.

Victoria estaba decidida a no seguir así, pero ¿cómo evitarlo?, ¿cómo cambiar una situación establecida hacía ya 20 años?.

Por entonces todo parecía fácil. Lo ya conocido.  Lo que hacía todo el mundo. Lo más natural. Siempre se sintió muy valorada por sus padres e importante para Andrés, el hombre que amaba y que también era muy importante para ella. Le adoraba. Se sentía protegida por él y para él estaba dispuesta a vivir toda su vida. Darle hijos, educarles en el respeto a su padre y estar siempre bonita para que él se sintiera orgulloso de ella.

Y así se casaron un precioso día de Mayo. Llenos de ilusión prepararon la casa, la boda, el convite, el viaje…

¡Qué emoción cuando puso en su dedo el anillo previamente bendecido por el Sacerdote: “hasta que la muerte os separe”. ¿Y cuando él puso su mano sobre la suya para partir la tarta nupcial…?.

¡Que recuerdos¡. Todo era maravilloso.

¡Que lejos sonaba aquello¡. Sonaba a siempre, a eternamente. Ahora la parecían unas fotografías impresas en su cerebro, algo así como una película de amor de la que se quiere ser protagonista. Y lo era. Fue la protagonista de esos momentos y de otros tan queridos durante muchos meses. Luego, poco a poco, todo fue cambiando acoplándose a la vida cotidiana tan distinta a lo anterior y a la que se había comprometido por amor.

Cada vez la dolían más los pies, según se acercaba a la parada del autobús, por los altos tacones de los zapatos, no muy propios para pasear por el Retiro. También se sentía incómoda dentro de su elegante traje de chaqueta. Deseaba llegar a casa para despojarse de ellos y ponerse algo más cómodo. Temía llegar a casa para encontrarse con lo de siempre. Menos mal que los chicos  mayores estaban en un viaje fin de curso y el pequeño, Carlos, se había ido de fin de semana en casa de un amigo. Estarían solos Andrés y ella y quizás pudieran comenzar algún inicio de acuerdo. Su voluntad se iba debilitando y el dolor de los pies aumentaba.

  • Pronto empiezas – se dijo – así no vas a llegar a ninguna parte.

Forzó su imaginación para verse de nuevo sentada en el banco y reforzar su decisión de lograr su nuevo sueño: conseguir la estimación, casi perdida, de su familia y valorarse ella misma.

Llegó a casa poco tiempo antes que Andrés, pero le dio tiempo a tener todo dispuesto para la comida. Estaba nerviosa y se sirvió una cerveza. Llegó Andrés y quiso otra. Ella se la sirvió con un aperitivo, lo que creó un ambiente distendido mientras se la tomaban y él le contaba su mañana. Victoria se sintió reforzada en su idea de comenzar la conversación que tenía preparada. Estaban solos, tenían buen rollo y la comida olía deliciosamente.

Se sentaron a la mesa y mientras le servía el primer plato, inició su plan.

  • ¿Sabes?. He estado pensando que es conveniente modificar la organización de esta familia. Los chicos ya son mayores y pueden ayudar en algunas cosas: hacerse sus camas, tener recogido su dormitorio, poner o quitar la mesa…

Andrés soltó una carcajada.

  • Entonces te iba a sobrar a ti mucho tiempo, ¿en qué lo emplearías?

A pesar de decirlo en broma a ella le dolió, pero no empleó un tono de disculpa, como otras veces, cuando continuó hablando.

  • No, lo digo en serio. Tu estás todo el día absorto en tu trabajo y apenas te fijas en que los chicos crecen y cambian y yo también. Necesito relacionarme más con amigas y hablar con ellas de las cosas que nos preocupen. Tener actividades fuera de las del hogar: culturales, deportivas, etc. En fin, cambiar un poco la rutina diaria y ponerme al día de otras cosas interesantes de las que pueda hablar con vosotros, sin tener que estar, como siempre, sólo escuchando vuestras conversaciones como si fueran las únicas importantes.

La escuchó sorprendido y por una vez la dejó terminar de expresarse. Luego sonrió y acercó su silla a la de ella y la abrazó.

  • ¡Vaya, vaya, mi princesa no tiene bastante con lo que le ofrece su príncipe. Dime que quieres y serás obedecida.
  • No se trata de eso Andrés, es que creo que me he   quedado desplazada en vuestras vidas y quiero recobrar algo de vida propia. Hacer cosas que deseo, como tener un poco de tiempo propio, sin sentirme agobiada por ello, expresamente sinceramente sin pensar si os va a gustar o no. Cosas sencillas pero que de veras echo de menos.
  • Bueno, bueno – dijo él en tono conciliador – ya sé lo que deseas en este momento. Tienes razón. Vamos a aprovechar esta tarde, ya que estamos solos, como un regalo para los dos. De momento vamos a brindar por este encuentro y luego nos echaremos una siesta que no vas a olvidar en la vida.

Y abrazando su cintura la guió hacia el dormitorio. Victoria suspiró y movió lentamente la cabeza dejándose llevar por él.

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