elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

LA VIDA SIGUE

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Contempla el agua que brota en cascada entre unas piedras y discurre por este pequeño riachuelo con sonido burbujeante, llamando su atención. Su llamada es suave, apenas audible. Hay que quererla oír. Darse cuenta de que está ahí. Vida y color se reúnen en torno a ella. A Arturo le gusta este lugar. Intenta  tocar el agua,  pero su mano no la alcanza. Simplemente la contempla a la sombra de los altos árboles que le rodean. Octubre aún no se ha enterado de que es Otoño, a pesar de ya han transcurrido casi todos sus días.

A través de la vegetación, entrevé el monumento a Cuba y la figura de Cólon  y se siente también descubridor de su pequeño gran entorno. Sonríe. Paseando, sigue el curso del agua que baña los pies de una escultura de Diana cazadora que, armada con su arco y carcaj lleno de flechas, y acompañada por un canino, está de pie entre  un círculo de plantas que la rodea. Emulando al navegante, Arturo sigue el curso del río. Atraviesa puentes que lo esconden, más cascadas, hombres, mujeres y niños a su alrededor cada uno disfrutando a su manera, y llega ante la reja del estanque, por donde se ha escondido su río. Aquí al sonido del movimiento del agua se une  el sonido de los remos empujados por brazos más o menos fuertes, que intentan demostrar a los pequeños pasajeros de la barcas que lo son. Le llama la atención dos, al parecer en competición,  por los gritos infantiles que se escuchan:

Papá corre más, rema más fuerte. Nos ganará la barca de Luis y eso que la que rema es su mamá -. Inteligente chico este Angel, sabe cómo animar a su papá, que, por supuesto, le hace caso y se pone al lado de la barca de la mamá de Luis y Ana. Buen día para conocerse. Es sábado y a ambos les toca fin de semana de padres. Desembarco y paseo. Charlan todos animadamente.

Arturo descubre la nueva  salida del curso del río y lo sigue desde el borde de la reja hasta que finalmente desagua en el estanque, por debajo de un camino que lleva al embarcadero. Sigue escuchando los susurros del agua, que le cuentan momentos vividos y sentimientos no olvidados aún. Suspira y mueve suavemente la cabeza intentando escapar de ellos. Al menos de momento.

Aquí, también hay hierba y aves picoteando la comida que les echan desde fuera.

Un grupo de patos de vistoso colorido, se atreve a cruzar volando el camino y se

posan en el agua. Los contempla  con admiración y envidia: son libres. O al menos lo parecen.  Otros se quedan nadando tranquilamente en el pequeño lago que se ha formado entre la hierba, acompañados de jilgueros, palomas e incluso dos gatos adormilados, con los que conviven.

Arturo ve llegar a Luis, Ana y Ángel corriendo y se paran a su lado buscando a los peces que no acuden a comer el pan que les tiran los niños al agua. ¡Está tan sucia…!  Los padres se han  quedado rezagados comentando cosas sobre la educación de los hijos (conversación de mayores, ¡que rollo!). A él le hace gracia sus comentarios y entabla conversación con ellos. Les pegunta su opinión sobre cosas que les rodean, y se ríe con sus observaciones. Se hacen amigos los cuatro. mientras sus papás siguen con su charla académico-paternal. Ana se da cuenta de que están actuando las marionetas y trata de llevarlos a verlas. Pero los “tres hombres” siguen con interés una regata de piraguas que ha comenzado y no la hacen caso. Los papás tampoco. Arturo la abraza y la promete una sorpresa y Ana se queda junto a él.

¿Por qué no me dejaron a mis hijos? Yo los quería y ahora estarían aquí conmigo, como estos pequeños. Que no sabría cuidarles adecuadamente, me dijeron aquellos señores tan “sabios”, el día de la separación. Ella estuvo de acuerdo y se los llevó lejos, a su tierra. 8 y 10 años tienen ahora. Aproximadamente como éstos. Y están a  gusto conmigo. Podemos conversar, nos entendemos ¿por qué con ellos no iba a poder hacerlo?.

Los padres al fin se acercan a saludarle y agradecerle el buen rato que ha hecho pasar a los niños. El les dice que ha prometido a Ana una sorpresa y que ha pensado en invitarles a todos a un helado, si se lo aceptan. Los niños lo han oído y no hay posibilidad de negarse.

La mañana llega a su fin y se despiden para un próximo encuentro. ¿Dentro de dos sábados?. Arturo se siente bien. La vida sigue y la esperanza de unos nuevos amigos le alegra el día. Y quien sabe si habrá un nuevo mañana también para él.

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