elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

LA GOLONDRINA

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El gato no comprendía como su ama le hacía eso. Cómo podía quedarse sin su presa, si él no se la había regalado.

Daba vueltas a su alrededor maullando para convencerla de que se la devolviera, que era suya, y en cuanto la tuviera la escondería en algún rincón donde nadie la encontrase. Los maullidos del gato asustaban más y más a la pobre golondrina, que no se fiaba nada de que la mujer no acabase complaciendo a su gato.

Ella, la mujer, comprendió que una golondrina con un ala rota no podría seguir volando y, por tanto, seguir viviendo, pero no quería dejar de intentar salvarla, así que, armándose de paciencia y derrochando imaginación, entablilló el ala enferma con un trocito de cartón, almohadillado con algodón y la vendó con una tira de tela suave. La  golondrina piaba entrecortadamente, como si le costara un gran esfuerzo incluso respirar. Poco a poco fue perdiendo su desconfianza ya que se sentía más protegida. Después de curarla trató de que tomara un poco de pan mojado en agua, pero ella no intentaba siquiera abrir el pico. Con un cuentagotas le introdujo, no sin gran dificultad, unas gotas de agua que por fin tragó y que la hicieron tranquilizarse un poco más.

La mujer buscó una caja de zapatos y poniendo en el fondo unas telas la depositó en ella para que descansara y dejó la caja encima de un sillón de la terraza, para que oyera a las otras golondrinas que aún revoloteaban por allí.

Mientras duró toda esta operación tuvo que sacar a Misi fuera de la habitación y cerrar la puerta. El no dejaba de maullar para que le dejara entrar. Se sentía expulsado de un lugar donde siempre había podido entrar libremente y, por tanto, de muy mal humor. Cada vez que su ama salía de la habitación para buscar una nueva cosa, trataba de colarse por la rendija de la puerta, pero la pierna de ella se lo impedía. Por fin la mujer terminó su tarea y salió definitivamente para preparar la cena. El gato, como no tenía otra opción, se fue tras ella.

Un par de horas después la mujer volvió a la habitación para acostarse, no sin antes recoger de la terraza la caja en la que descansaba la golondrina y depositarla en una mesita de su dormitorio.  Comprobó que estaba muy quieta y se asustó pensando que

estaba muerta. Pero no, la golondrina vivía y respiraba con buen ritmo. Se acostó y durmió, salvo algunos momentos que oía como la golondrina revoloteaba en la caja

y luego volvía a tranquilizarse.

A la mañana siguiente abrió la tapa de la caja y se la encontró con los ojos abiertos y, al verla, comenzó a piar con mimo. Ella le preparó comida que picoteó con apetito. La

mujer se sentía muy contenta. ¡Aquello iba bien!.

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