elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

EL MUÑECO DE NIEVE

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Había una vez un muñeco de nieve que tenía la sonrisa helada.

¿Os habéis dado cuenta de que todos los muñecos de nieve están sonriendo?. No sé si es porque están muy contentos de que les hayan creado, o porque se ríen de los que se les quedan mirando. Pero a este muñeco de nieve se le había helado la sonrisa.

Cuando María salió de su casa, por la mañana, para ir al “cole” se lo encontró así. Se le quedó mirando sorprendida porque, la tarde anterior, cuando lo hicieron entre ella y sus amigos,  tenía una sonrisa de oreja a oreja. Le pusieron por nombre Blanquito, ya que habían recogido la nieve más limpia, la que no había pisado nadie y les había quedado resplandeciente.

A Carlos le  gustaban mucho las zanahorias crudas y de pronto se acordó de la que llevaba en la mochila y que no se había comido y dijo: “Ya sé, le pondremos mi zanahoria como nariz”.

A todos les gustó la idea y buscaron en sus carteras más cosas para completarlo. Mónica, la hermana pequeña de Carlos, encontró un trozo de fieltro rojo y otro de cartulina azul de la clase de Manualidades. “Mirad lo que he encontrado – mostraba orgullosa”.

Y les sirvió para recortar una boca sonriente, que sujetaron a la cara con unos palillos, y con la cartulina azul le hicieron los ojos. Después pensaron en vestirle.

María dijo: “Yo le regalo mi gorro”. Y le puso su precioso gorro de color rojo y se lo metió hasta las orejas, lo que les daba un aire muy montañero.

Carlos le envolvió el cuello con su gran bufanda,  para que no pasara frío durante la noche. A Alberto se le ocurrió ir a pedir a su abuelo una pipa de las muchas que tenía. Subió a su casa  y todo alborozado, le explicó para qué la necesitaba. “Calma, calma. Vamos a ver si encontramos una apropiada para la ocasión-dijo su abuelo mientras rebuscaba en un cajón. – Bien, ésta creo que te servirá”.

Y le entregó una pipa, que a Alberto le pareció preciosísima. “Gracias, abuelo. Te debo una”.

Salió corriendo escaleras abajo, diciendo con gran algarabía: “Mirad, la traigo”. Y se la puso en la boca.

–  ¡Ahora parece más importante! – comentó Carlos.

Mónica, dijo que le buscaría unos zapatos por si quería ir a dar un paseo. Y así lo hizo. Corrió a su casa y le pidió a su mamá unos zapatos viejos de su hermano mayor, que ya no usaba, porque los necesitaba para que, Blanquito, su muñeco de nieve, pudiera caminar. A su mamá le hizo mucha gracia y se los dio.

Total que, entre unos y otros, dejaron al muñeco hecho una preciosidad. Orgullosos de su obra y felices por lo que habían disfrutado, se fueron a sus casas para hacer los deberes, antes de cenar y acostarse.

Por eso no es de extrañar la cara de María al verle en este estado. Seguía teniendo el gorro, la bufanda, los zapatos y hasta la pipa, pero no era el mismo. No estaba alegre.

–  Pero bueno ¿qué te ha pasado?.

Y casi se cae del susto cuando Blanquito le respondió. Y es que la pregunta se la hizo a sí misma, no al muñeco,  porque todos sabemos que los muñecos de nieve no hablan. Pero éste si habló. Claro que Blanquito era especial. Y comenzó su relato.

–  Anoche, cuando os fuisteis, me quedé mirando todo lo que tenía delante de mí: las casas con sus luces encendidas, los coches rodando entre montones de nieve, personas que pasaban  rápidas de vuelta a sus hogares… Algunas iban paseando y se paraban delante de mí y comentaban lo gracioso que estaba con mi aire de chico travieso. Me lo estaba pasando “pipa”.

María intervino: “Mira que gracioso. ¡Y yo preocupada porque te habíamos dejado solo!”

Blanquito siguió relatando:

–  Poco a poco la gente iba desapareciendo, las luces de las casas se iban apagando y los coches se espaciaban cada vez más. Entonces, vi venir hacia aquí un niño como vosotros, con ropa muy estropeada y cara triste, que abrazaba un cucurucho con castañas asadas, que le había dado la castañera de a esquina. Tan distraído iba mirando su tesoro, que no se dio cuenta de que un coche pasaba cerca de él, tan cerca que casi le rozó y las castañas fueron a parar debajo de sus ruedas. El niño quiso, con sus manos heladas, recoger de entre la nieve su cena, pero las castañas estaban totalmente aplastadas y su desconsuelo fue  tan grande que se sentó en la acera, delante de mí, y rompió a llorar.

–  ¡Que mala suerte! Otra noche sin cena…- murmuraba entre lágrimas.

Entonces noté algo muy caliente en mi pecho, y que se movía como si fuera un reloj. Algo que me producía dolor y, al mismo tiempo, ternura hacia el niño. Quería acercarme a él y abrazarle, pero no me podía mover. Ni siquiera con los zapatos que me regaló Mónica para pasear. La sonrisa desapareció de mi cara y una gran tristeza sustituyó a la alegría de unas horas antes.

El niño seguía llorando, encogido, abrazándose las piernas, en un intento de combatir el frío, pero yo le miraba con tanta intensidad que al fin notó mi presencia. Se volvió hacia mí y me vio. Se puso en pié y se acercó hasta tocarme. Luego me habló necesitando que alguien le escuchara. Me dijo:

– ¡Hola muñeco de nieve!. Me llamo Luis y tengo mucho frío. ¿Te importaría prestarme un ratito tu gorro y tu bufanda?. Te prometo devolvértelos antes de irme.

Sentí que volvía a sonreir, esta vez con dulzura y le permití que me los cogiera. Se los puso y luego se acurrucó a mis pies como si yo pudiera protegerle y comenzó a hablar.

– ¿Sabes?. Yo tengo familia y sé que me están buscando y que lo estarán pasando también muy mal, pero no sé que hacer.

Le invité a seguir hablando para tratar de ayudarle y también para que no se durmiera pues el frío podría hacerle dormir para siempre. “Dime Luis ¿qué te pasó? ¿cómo llegaste hasta  aquí?”.

–  Es que verás. Hace unos días, creo que dos o tres, salimos de marcha con el profesor, por un monte cercano a nuestro pueblo. Mis padres me habían dicho muchas veces que no me separara nunca del “profe” ni de mis compañeros, y así pensaba hacerlo. Cuando llevábamos andando mucho tiempo, y pasábamos por una zona de matorrales altos, yo estaba muy cansado y me dolía el pie, porque se me había metido una piedra dentro de la bota, así que me paré para sacármela, sin darme cuenta de que mis compañeros seguían andando. Como tenía una herida me costó bastante ponerme la bota, y cuando terminé me encontré completamente sólo y en un lugar totalmente desconocido y comencé a gritar: “D. Pablo, por favor estoy aquí. No les veo. Antonio, Angel ¿es que no me oís?. Soy Luis y me he perdido. Por favor, volved a por mi”.

Así pasé un buen rato gritando y llorando, hasta que me convencí de que las voces que había creído oir  a lo lejos fueron mis propias palabras, que resonaban en el monte. Estaba muy aturdido y no sabía como salir de allí, ni siquiera recordaba por donde habíamos venido, pero lo que sí sabía es que tenía que intentarlo, así que tomé la dirección que creí podían haber seguido y comencé a andar. Estaba muy cansado, tropezaba y me caía a cada paso, pero también estaba muy asustado y seguí caminando.

Luis interrumpió su relato,  como reviviendo de nuevo la situación.

–  Por favor, sigue contándome – le dije ante el temor de que se entristeciera más y no quisiera seguir.

Después de un ligero descanso, suspiró profundamente y continuó:

–  Al cabo de mucho rato vi unas casas, como el comienzo de una ciudad y creí que iba a encontrar mi casa, pero no fue así. Llegué hasta ellas y me encontré con un grupo de niños sucios y harapientos, que me insultaron y se rieron de mi. Me quitaron la mochila y tuve que salir corriendo. Seguí adelante y vi a más gente. Me acerqué a un hombre de aspecto agradable y le dije que me había perdido, pero el hombre siguió su camino sin hacerme caso. Me acerqué a una señora que llevaba una niña de la mano y le pregunté: “Por favor, señora ¿por donde se va a la calle del Dr. Nieto?.”

Ella me dijo sin pararse:

–  No lo sé. Lo siento.

–  Señora, es que me he perdido y quiero volver a mi casa –  la supliqué.

–  Lo siento, pero tengo mucha prisa y no puedo acompañarte, ni tampoco sé donde está esa calle.

Y siguió su camino tirando de su niña.

Luego, pregunté a una pareja mayor que paseaba por allí: “No conozco esa calle – dijo el señor – pero a lo mejor puede estar en el barrio que hay al otro lado del río. Creo que deberías ir hacia allí y preguntar.”

Esto  del río me llenó de esperanza, pues no muy lejos de donde yo vivía pasaba un río, donde, a veces, al salir del colegio íbamos los chicos a tirar piedras al agua. Atravesé un puente y llegué a un barrio muy diferente del que había dejado. Vi un bar y pasé  a preguntar. No había mucha gente y el hombre de la barra me miró con recelo. La verdad es que para entonces estaba bastante sucio y desanimado.

–  No, esa calle no está por esta zona, ni me suena de ningún otro barrio de esta ciudad –  me dijo.

–  Mire, es que me he perdido, y no sé como encontrar mi casa. Además, llevo muchos horas sin comer nada y tengo mucha hambre, pero no tengo dinero para comprar comida. Por favor, ¿no me podría dar algo? – me aventuré a pedir.

–  Bueno, toma un bocadillo y sigue tu camino otro por lugar.

–  Gracias, señor.

Y seguí preguntando sin conseguir nada. Se hizo de noche y me refugié en un portal, para descansar y combatir el frío, y me quedé dormido.

A la mañana siguiente, seguí recorriendo calles totalmente desconocidas para mi y preguntando por una calle que, al parecer no existía en esta ciudad. Entonces me dí cuenta de mi error. Pregunté a un chico cual era el nombre de este lugar, y me dijo:

–  Chaval pues si que estás despistado, ¿no sabes que este pueblo se llama Campillo?.

–  No lo sabía. Yo creía que estaba en Puente – le contesté.

–  Ese no le conozco, pero creo que no está muy lejos. Y se marchó corriendo.

Me quedé muy triste. No estaba cerca de mi casa. Pero me animó la idea de que mis padres me estarían buscando, aunque quizás pensaran que había muerto en el monte. Seguí andando por las calles esperando encontrar a alguien que me ayudara, pero así van pasando las horas y sigo sólo y desesperanzado.

Yo estaba cada vez más conmovido.

–  ¡Pobrecito!. Creo que yo te puedo ayudar. Conozco a unos niños que lo harán con mucho gusto.

– No amigo – contestó Luis – sólo eres un muñeco de nieve, pero te estoy muy agradecido por haberme escuchado y prestado calor. Toma, te devuelvo tu gorro y tu bufanda y buscaré un rincón donde dormir.

–  No te vayas. Sé que puedo ayudarte. Quédate junto a mí – supliqué.

–  Gracias. Mañana volveré y si no te han deshecho a lo mejor me das buenas noticias – dijo Luis con una mueca irónica.

La sonrisa se me heló en la boca viendo la tristeza de su rostro. Por eso me ves así. María, yo confiaba en que vosotros podríais ayudarle. Dime que si, que harás cuanto puedas.

María estaba impresionada. “Es una historia muy triste la de Luis, y te prometo que entre mis amigos y yo conseguiremos que vuelva a casa con su familia. ¡Ah!, perdona pero tengo que irme. Oyéndote se me ha pasado la hora de la primera clase. En el recreo hablaré con Carlos, Alberto y Mónica y nos pondremos en marcha. No te deshagas por favor”. Y María salió corriendo.

Efectivamente, ya estaban saliendo de la clase cuando María llegó y dio, atropelladamente, una explicación por su retraso que, por suerte, la “profe” aceptó. Buscó a sus amigos y les pidió que se reunieran con ella en el recreo, que tenían  que solucionar un problema muy importante, de vida o muerte. Como es natural, todos estuvieron muy nerviosos en la siguiente clase y no dieron una cuando les preguntaron la lección. Pero al fin llegó la hora del recreo y, sin acordarse de comer el bocadillo, se reunieron en su rincón secreto para que María les contase lo que pasaba, pues estaban muy intrigados. Esta les puso al corriente de lo que le había contado Blanquito y todos estuvieron de acuerdo en ayudar a Luis. Y se pusieron en marcha.

La siguiente clase de Mónica era Ciencias Sociales y se encargó de preguntar al profesor donde estaba Puente, el pueblo de Luis. Los demás fueron recogiendo datos, preguntando a unos y otros, y volvieron a reunirse a la salida y pusieron en común su información. Mónica les informó que Puente estaba situado al otro lado del monte y que, en coche, no se tardaba mucho en llegar. Comprendieron que solos no podrían solucionar el problema, y decidieron pedir la colaboración de sus padres. Así lo hicieron, y durante  la comida  cada uno contó a los suyos su preocupación y su interés porque esa misma noche Luis pudiera dormir en su casa.

Los padres de María se emocionaron al ver a su hija tan entusiasmada por una buena causa, y la prometieron que se pondrían en contacto con los padres de sus amigos. Igualmente los padres de Alberto y los de Carlos y Mónica se ofrecieron para colaborar, incluso llevar ellos mismos a Luis.

Antes de volver de nuevo al colegio, fueron a contarle a Blanquito sus gestiones para que estuviera tranquilo. El fieltro rojo de su boca volvió a extenderse y les dijo:

–  ¡Sois estupendos!.

–  Blanquito – le dijo María – a ti te toca esperar a Luis y contarle como están las cosas, pero que no se vaya, por favor.

–  De acuerdo – la contestó con voz un tanto débil, aunque ellos, en su entusiasmo, no se dieron cuenta. Y se fueron corriendo.

La nieve que rodeaba el corazón de Blanquito se había reblandecido, tal era la intensidad de su calor y eso le había debilitado. Pero estaba muy contento, tanto que le apetecía dar saltos con los zapatos que le puso Mónica. Se tranquilizó para estar muy atento cuando se acercara Luis. Y así fue pasando la tarde y su impaciencia aceleraba el latido de su corazón y ablandaba otro poco la nieve que lo rodeaba. Y Luis no aparecía, y los niños pronto volverían del colegio ¡cómo se desilusionarían al no encontrarle allí!

Al poco rato los vio venir corriendo, impacientes por conocer a Luis. “Aún no se ha presentado”– les dijo.

María fue a su casa a pedir a su mamá merienda para todos y comérsela junto a Blanquito, esperando a Luis. Allí se encontró que estaban también los padres de sus amigos, que habían estado haciendo gestiones para localizar a la familia del niño. Por medio de la Guardia Civil, se enteraron de que le estaban buscando y se pusieron en contacto con sus padres para informarles que su hijo estaba en Campillo. Juntos decidieron que en cuanto viniera, lo llevarían todos en el coche del padre de Alberto, que era muy grande. Todo estaba preparado. Solo faltaba Luis.

María estaba emocionada y bajó a contarle a su grupo las noticias, y decidieron esperar todo el rato que hiciera falta. Blanquito estaba tan nervioso que parecía que su cuerpo había encogido. Ya no era tan alto. Nos niños no se daban cuenta del cambio ilusionados con su protagonismo en la historia, y seguían hablando y hablando mientras esperaban. Se iba haciendo de noche y empezaron a preocuparse, ya que no habían vuelto a saber nada de Luis. Incluso tuvieron miedo de haber ido demasiado lejos, creyendo la historia contada por Blanquito, involucrando en ella a sus padres. Se volvieron a él para interrogarle y les sorprendió verle como más pequeño. En ese momento la sonrisa de Blanquito se hizo luminosa: había visto a Luis que se acercaba a su encuentro y que se  quedó cortado al ver a los niños, pero ellos se dieron cuenta enseguida y le rodearon con muestras de cariño.

–  Luis,  ¡al fin has llegado! Tenemos buenas noticias para ti.

Le contaron todo lo que tenían preparado y a Luis se le saltaron las lágrimas de emoción. ¡Ahora si estaba cerca de su casa!.

Fueron todos corriendo y alborotados a contar a los mayores la llegada de  Luis y Blanquito se quedó solo. Respiró profundamente porque el reloj de su pecho marcaba los minutos muy deprisa.

Vio venir un grupo de personas entre las que se encontraban sus amigos que, después de dar algo de comer a Luis, iban a buscar el coche para llevarle a su casa. Estaba tan impaciente por abrazar a sus padres que ni siquiera quiso cambiarse de ropa.

Al pasar junto a Blanquito, Luis le abrazó y le dijo: ¡Gracias!, si no hubiera sido por ti…

Y al muñeco de nieve se le quedó la cabeza ladeada del calor del abrazo.

Poco a poco, como la noche anterior, se fue quedando todo en silencio, pero a Blanquito ya no le llamaba la atención las casas que iban abriendo sus ojos luminosos, los coches rodando entre la nieve, ni la gente que volvía a sus casa después de su trabajo. Solo miraba en su interior y veía la sonrisa de Luis grande, grande, y sus lágrimas de alegría. Y la nieve alrededor de su corazón seguía derritiéndose, poco a poco.

Cuando, de madrugada, acompañados de sus padres, volvían cansados y felices,  porque Luis estaba de nuevo en su casa, María, Carlos su hermana Mónica y Alberto, vieron un montón de nieve y, encima de él, un gorro rojo, una gran bufanda y una pipa. En el suelo unos zapatos que no tuvieron tiempo de pasear.

Los niños gritaron: -“¡Blanquito!. No, por favor”.

Comprendiendo la frustración de los niños, sus padres les abrazaron tiernamente.

–  No os apenéis por Blanquito. Ha sido muy feliz pudiendo ayudar a Luis con vosotros. Todo esto ha sido una experiencia inolvidable para todos – comentó el padre de Carlos.

–  Si,  pero nosotros pensábamos que nos iba a durar todo el invierno – le contestó el niño con tristeza.

Su madre le miró con dulzura, diciéndole: -“Eso hubiera sido imposible. Además, pusisteis en él tanto cariño, que se le formó un corazón amoroso, capaz de derretir el hielo y eso es algo que todos quisiéramos poder tener, y vosotros lo habéis conseguido.

Se sintieron muy consolados con estas palabras, pero María insistió dirigiéndose a sus padres: – “Pero ahora ¿qué vamos a hacer?”

Su papá contestó, dirigiéndose a todos.

–  Mirad, os propongo que el próximo fin de semana nos vayamos todos juntos a la sierra y allí haremos otro que va a durar mucho más, y que pondrá contentos a los que vayan por allí, ¿qué os parece?

Los niños se miraron, y rápidamente estuvieron de acuerdo.

–  Vale, y también nos tiraremos en trineo por la nieve- dijo Alberto con entusiasmo.

–  Mamá ¿podemos invitar también a mi amiga Paula? Ella no ha visto nunca la sierra – pidió, aprovechando la ocasión Mónica.

El padre de María puso fin a la lista de peticiones que se les avecinaban. – “Bueno, basta de pedir, no os paséis. Creo que ya es hora de descansar y soñar con todo lo que nos ha pasado hoy”.

–  De acuerdo, papá, vámonos. Buenas noches Mónica. Buenas noches Alberto. Buenas noches Carlos- se despidió María de sus amigos.

Y dirigiéndose a los padres:

–  Muchas gracias por vuestra ayuda. ¡Ah! Y no olvidéis vuestro compromiso del fin de semana.

–  Por supuesto- dijeron.

Y entre abrazos y saludos se fueron retirando a sus respectivas casas, disponiéndose a descansar de un día tan lleno de emociones.

María, ya en su cama, soñó con un muñeco de nieve, colocado muy arriba, muy arriba de la sierra, con su gorro rojo, su gran bufanda, la pipa y hasta los zapatos,  para darle la oportunidad de dar un paseo. Suspiró profundamente y sonriendo dijo en voz alta:

 

¡Hola, Blanquito!

F I N

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