elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

EL ENCUENTRO

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El camarero la vio entrar cargada de paquetes, y sentarse en un taburete de la barra.

–  Otra – pensó – que ha estado de compras. Pedirá un café con leche y un trozo de tarta para celebrar, si está satisfecha con lo adquirido.

Y así fue. Luisa se dejó caer en el taburete que quedaba vacío al lado de una mujer joven que miraba como hipnotizada su jarra de cerveza. Dio un suspiro de alivio al poder soltar las bolsas, e hizo su pedido al camarero que, expectante, la miraba para comprobar su grado de intuición.

–  Por favor, me pone un café con leche en taza grande y un trozo de aquella tarta, si, si de aquella de la derecha, que está diciendo comedme. Gracias,  es que ¿sabe? estoy muy cansada y me voy dar un capricho.

El camarero sonrió satisfecho de sus dotes  de observador y cruzó una mirada cómplice con la joven morena del taburete de al lado. A ésta la conocía, ya que era clienta habitual a esta primera hora de la tarde. Antes venía acompañada de un hombre también joven, con el que debía tener una buena relación de pareja y a él le gustaba observarles mientras dialogaban sobre los sucesos del día, hacían planes juntos y siempre se miraban amorosamente. Pero desde hacía más de un mes venía sóla, su cara expresaba tristeza y, aunque pedía como siempre una cerveza, se quedaba mirándola como esperando que la jarra la contara sus planes. El camarero no se atrevía a preguntar, pero

ella le caía bien y de vez en cuando la comentaba algo sobre el trabajo, el tiempo y algún que otro cliente un poco extraño. En  esta ocasión la joven se dio cuenta de la intención de su mirada y sonrió levemente, luego tomó un sorbo de cerveza y volvió a posar la jarra en el mostrador. Luisa, que tenía ganas de conversación, aprovechó la ocasión para comentar:

–  Este bar tan tranquilo era justo lo que necesitaba. Perdone ¿la molestan mis paquetes? Es que este día me he pasado de compras,¿sabe? aunque he conseguido todo lo que venía buscando.

El camarero ya la servía lo que le había pedido y le miró satisfecha diciéndole: gracias.

Y volviéndose a la joven se presento: me llamo Luisa. Ella se sorprendió por la confianza de la mujer, pero la contestó:

–  Mucho gusto. Yo soy Angela.

–  ¿Sabe?, es la primera vez que vengo por aquí, pero me gusta este bar – comentó Luisa.

–  A mi también. Suelo venir todas las tardes un rato. Bueno, hasta hace poco venía acompañada de mi pareja.

  • ¿Y ya no viene él?.
  • No, nos hemos dejado.
  • ¿Qué pena no?. Pero en fin, cuando las cosas no van bien hay elegir lo mejor, creo yo – opinó Luisa sin saber que decir, pero en el fondo con la curiosidad a flor de piel.

Ángela se sintió bien por tener alguien, con quien poder mantener aunque solo fuera una pequeña conversación. Además esta mujer de mediana edad, vestida con un traje de chaqueta gris y bien parecida, le resultaba agradable, la inspiraba confianza y además seguramente no la volvería a ver.

El camarero se acercó a ellas para preguntarles si necesitaban algo,  pero también para seguir  de cerca la conversación de las dos mujeres.

  • Yo no he tenido ocasión de elegir – contaba Angela con voz dolida. – Me despidieron de mi trabajo al finalizar mi contrato eventual y él enfadó tanto conmigo, como si yo hubiera tenido la culpa, que estaba malhumorado siempre, no hubo forma de hablar con tranquilidad por más que lo intenté. Me he presentado a varias entrevistas y aunque  de alguna de ellas tengo esperanza de ser admitida en breve, él no lo creía y en cierto momento me dijo que no me iba a estar manteniendo toda la vida. Al parecer le salió una oferta de trabajo fuera de aquí y la aprovechó para dejarme. Realmente estoy muy triste. Nunca pensé que esto me pudiera ocurrir.

Las lágrimas contenidas tanto rato rodaron al fin por sus mejillas. Sintió un escalofrío que la hizo arrebujarse en el chaquetón que llevaba sobre los hombros. Sus piernas enfundadas en unos vaqueros azules, descansaban en el reposapiés de la banqueta de Luisa, en un ademán de acercamiento y confianza.

Antonio, el camarero, que seguía  con interés cada gesto de las dos mujeres, se acercó a

Angela y la ofreció un paquete de pañuelos. Los aceptó agradecida y él se sintió incluido en el grupo, por lo que soltó con rabia: ¡Que cabronazo!.

Luisa expresó también el voz alta algo similar y luego: ¡todos los hombres son iguales! Y añadió: con perdón, al darse cuenta de la presencia amable de Antonio.

La tarde fue llenando el bar de otras voces, de otras conversaciones, alteradas o confidentes, de risas y también  de silencios.

Las dos mujeres decidieron que ya era tiempo de marchar. Se despidieron del camarero y salieron despacio, como no queriendo terminar del todo este día, paseando hacia la parada del autobús, que devolvería a cada una a su propia vida. Al fin Luisa y Ángela se intercambiaron sus números de teléfono. Se habían dado cuenta de que la empatía que ambas habían experimentado, daba para mucho más.

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