elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

Nada

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No haré nada esta tarde. Nada. Me siento en la arena y nada más. Sólo contemplo el horizonte mar-cielo. Veo su inmovilidad, su igualdad: igual hoy que ayer, igual que mañana. Sigo su línea de izquierda a derecha, todo lo que abarca la mirada, y nada. Una línea, sólo eso.

 

Un pequeño gorrión revolotea a mi alrededor piando. Quiere comer. Le silbo y se asusta y sale volando. Vuelve de nuevo y camina cerca de mí dando graciosos saltitos. Solo eso, luego se va. Luego nada. Un perrillo que pasea por la playa con su dueño se acerca a olfatearme. Me dejo, Me mira con ojos tranquilos y ladea la cabeza como interrogándome. No dice nada y se va. Yo le sigo con la mirada. Me hubiera gustado que me hubiese ladrado, tratando de comunicarse conmigo. Pero nada.

 

Me quedo mirando las olas de un mar azul-verdoso en esta tarde primaveral. Contemplo sus movimientos casi iguales. Me acompaña una gaviota que se fija también en ellas desde la altura, pero con otras intenciones. No por nada. Cada una de las olas con sus susurros me trae el recuerdo de voces conocidas. Visualizo sus caras, unas muy queridas. Otras menos. Sonrientes, tristes, distraídas… y me recreo en pensar que dirían de mí en este momento, si pudieran verme. Quizás nada. Pero me paso un buen rato en su compañía.

 

Me tumbo en la arena boca arriba y contemplo un luminoso cielo azul, salpicado de vaporosas nubes blancas, suavemente movidas por el viento, que forman figuras que se recortan sobre él. Trato de descifrarlas, recordando cuando era niña y me pasaba horas con este inocente entretenimiento: caras, gaviotas, elefantes, sirenas… se forman y se deshacen repetidamente. Nada en definitivo.

 

Un avión aparece a lo lejos y le espero, olvidando el entretenimiento anterior. Imagino su salida del aeropuerto de un país lejano. Lleno de personas deseosas de aterrizar: viaje de trabajo para unas, de turismo y vacaciones para otras. Me quedo con el de vacaciones y yo me traslado al posible país de partida. Elijo. Puedo hacerlo, nada me lo impide. Recorro con la imaginación grandes bosques, altas montañas, pueblos con gentes acogedoras y amables y curiosas costumbres. Y disfruto.

 

Miro al horizonte y veo salir la luna. ¿Cómo es posible? ¿Ya?. La contemplo y trato de averiguar alguna señal distinta a otros días. Nada. No importa, es grandiosa así.

 

Es preciso regresar a casa, aunque me cuesta moverme. ¡Tanto tiempo sin hacer nada ¡… y sin embargo cuantas sensaciones he vivido. Me propongo firmemente volver a no hacer nada de cuando en cuando para poder revivir y saborear los tiempos de gracia que nuestro Padre Dios nos concede, como éste, TAN GRANDE, de su nacimiento como hombre, y las Pequeñas-Grandes cosas que nos ofrece a diario.

 

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