elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

LA CONSCIENCIA DEL MISTERIO

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Le veo salir a la calle cada mañana, a la misma hora, con paso decidido y vigoroso. Me hubiera gustado hacer lo mismo. Ponerme el chándal y las zapatillas y caminar, caminar, caminar, hasta olvidarme de todo. Pero mi pereza, unida a mi cansancio, me lo impide. Le sigue un pequeño perro obscuro, sin pedigrí.

El panorama que abarca mi vista desde la altura en que está mi terraza, me permite seguir sus movimientos y advertir la lenta pérdida de energía en su caminar. Después se vuelve cansino, como si fuera cargando un gran peso a sus espaldas. Alza la vista y  se queda contemplando una gran nube obscura, plana,  en la que se apoya otra blanca, algodonosa. Yo también me había fijado en ellas. Veo la fuerza del apoyo de la gris y la suavidad y voluptuosidad de formas de la nube blanca. Poco a poco se deshace el abrazo y cada una de ellas viaje en otra dirección, al compás del cielo anubarrado.”Eso pasó”, me digo comparándolas con mis recuerdos. El hombre sigue su marcha habitual, como si, de pronto, saliera de su ensimismamiento y quisiera vivir el momento presente. Hace caso a su perro, corre con él y desaparece de mi vista un día más. Vuelvo la vista hacia el mar y me pierdo más allá del horizonte. “ ¿Adonde estás?”. Mis ojos no pueden contener las lágrimas.

Salgo a andar largo rato por la orilla de la playa y luego, agotada, me siento en una terraza a merendar frente al mar. Llega Elena, mi amiga. Ella vive en la torre de al lado de la mía, donde el hombre de las mañanas. “¿Te encuentras bien, Sonia?”. No quiero hablar de mí en este momento. Desvío la conversación hacia su vecino. “¿Le conoces?”, me dice. “No, pero le veo todas las mañanas salir a caminar hacia los montículos. Me choca su actitud: a veces vital, otras cansino, contemplativo, no sé, falto de compañía”.”Yo no le conozco apenas-me dice ella-. Buenos días, buenas tardes, pero sí, no es nada social. Elena tiene prisa y se va.

Vuelvo lentamente hacia mi casa. “Yo si que estoy falta de compañía. ¿por qué te fuiste? ¿por qué te dejaste vencer cuando eras mi vida?”. Me cuesta aprender a vivir sola. Una pelota llega a mis pies y la lanzo a un grupo de niños bulliciosos que hay un poco más allá. Me lo agradecen con una sonrisa. Es bonito y me siento menos sola. Sigo andando y le veo sentado en un banco del paseo leyendo. Le reconozco por el chándal, pero su aspecto es distinto, parece más joven.

Otra mañana. El hombre en su paseo matutino. Hoy no lleva compañía: su perro. Sigo su ritual diario como una espía profesional. Me distrae y poco a poco me voy identificando con él. Su actitud es similar a la mía.

Salgo a comprar y me encuentro con Elena que tiene ganas de charla. ¿Sabes?. Me he enterado de cosas de mi vecino por su asistenta. Tenias razón, está sólo. Hace unos meses su mujer se fue a Venezuela para ver a su familia  y no ha vuelto. Se dejó convencer por ella y su país. Le escribió que la perdonara, que le quería, pero que no podía luchar contra algo más fuerte  que ella misma.

Me he quedado anodadada. Sí  tenemos los dos algo en común. Tú te fuiste de mi lado porque no supiste luchar contra Ella y vencerla. Juntos hubiéramos podido. Creo.

Ahora me pregunto cúal es el misterioso pacto de la Vida con la Muerte para que ésta sea invencible.

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