elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

EL CUENTO DE LA NAVIDAD

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¿Que quieres un cuento?. ¡Claro que te lo voy a contar!. Yo también fui pequeña como tu y en estas fechas me gustaban los cuentos de Navidad.

Entonces la vida era muy distinta. Era fácil encontrar a la abuelita, a la tía o a la hermana mayor dispuestas a contarnos un cuento. No había televisión que nos presentara cosas atractivas, que todos deseamos poseer, y teníamos más tiempo para reunirnos.

¿Que qué juguetes pedíamos a los Reyes?. Pocos y no tan sugestivos como los vuestros, pero en definitiva los mismos: trenes de cuerda, coches de lata con graciosos dibujos de colores, muñecas de cartón con coloretes pintados y ojos redondos como asombrados de encontrarnos, pelotas de gomas… En fin, más o menos lo que ahora tenéis vosotros, pero algo diferentes.

Pero el juguete que más nos gustaba a todos los niños y que manejábamos  con frecuencia, era nuestra fantasía, por eso nos gustaban tanto los cuentos.

Es verdad, cariño. Corto el rollo y comienzo el relato.

Erase  una vez (así comenzaban antes todos los cuentos),  una familia que se creía muy unida. La componían el padre, la madre, cuatro hijos: Beatriz, Carlos, Paquito y la pequeña Sarita, y la abuelita, que era la madre de la mamá.

Estaban en Navidad y todos se creían con el derecho de pedir muchas cosas a los Reyes y escribieron sus cartas. Todas comenzaban: “Queridos Reyes Magos. Este años como he sido muy buena, quiero que me traigáis…” y a continuación una larga lista de regalos, tan larga como el cuello de una jirafa y tan ancha como el lomo de un elefante.

Todos juntos fueron a entregar sus cartas a los Magos y luego a pasear por la ciudad que, en estas fechas, se engalanaba con luces de colores, grandes árboles de Navidad, puestos callejeros con las más variadas cosas y los escaparates abrían sus bocas llenas de juguetes, disfraces, bicicletas, juegos… y turrones y mazapanes y dulces de todas clases, etc., colocados tan artísticamente y decorados con tanta gracia, que no se podía por menos que contemplarlos boquiabiertos.

Las exclamaciones de los niños no dejaban de oirse, montándose una sobre otra de tal forma, que apenas se podía entender lo que decían, por la cantidad de cosas que querían expresar al mismo tiempo.

  • Mira Beatriz, ese coche dirigido es el que he pedido a los Reyes.
  • Hijo, no sé para qué lo quieres. Para lo que te va a durar…
  • Anda que tu, que a la muñeca del año pasado la dejaste muda el primer día…
  • La culpa la tuvo mamá, que se empeñó en que se la dejase a Sara. De todas formas, ya soy mayor para muñecas y este año he pedido cosas más serias.
  • No te habrás pasado en pedir, no vaya a ser que no les quede dinero para comprar lo mio.
  • Con lo mal que te has portado este año no deberían traerte nada.
  • Pues tu no digamos, tienes unas notas…
  • Claro siempre me están mandando ayudar y cuidar de Sara y no puedo estudiar.
  • Si, si, pero para leer revistas de mayores no te falta tiempo.
  • Bueno, deja ya de meterte conmigo, niño sabio, porque te voy a dar una patada que verás.
  • Paquito, no me pises que te voy a dar un tortazo. Vaya pelma de niño-protesta Carlos.
  • Mira Beatriz, me van a traer los Reyes ese tren tan largo, que corre tanto y a Sara nada porque se hace pis en la cama.
  • A ti que te importa si la traen a Sara cosas. Eres un acusica y tu a veces también…
  • Eres un tonto Carlos, te crees que porque eres mayor que yo, tienes derecho a mandarme. Pues para que te enteres, cuando sea mayor voy a tener un tren de verdad, que va a ir desde aquí a la luna.
  • Mamá, este niño cada vez es más mentiroso. ¿Pues no dice que va a ir a la luna en tren?.
  • Mamá, aupa, estoy cansadita- pidió Sara.
  • Anda Jorge cógela tu.
  • Desde luego, eso de salir siempre con los niños es una lata, al final acabo con alguno colgado-protesta el padre.
  • No refunfuñes tanto, que también son hijos tuyos y yo los tengo que aguantar todo el día.
  • Bueno, no empecemos con lo mismo de siempre. Tengamos la fiesta en paz.

Por fin, se tomaron un respiro y todos juntos se fueron a ver Belenes.

Doña Beatriz suspiró: ¡Qué tiempos aquellos, a pesar de todo! ¿verdad, cariño?- dijo mirando la fotografía de una niña de unos seis años, que tenía entre las manos, y a la que había dedicado su cuento, (sus recuerdos). Te fuiste demasiado pronto para entender los regalos de los Reyes Magos dijo Doña Sara,  pensando en la niña imaginaria a la que había dedicado su cuento (sus recuerdos) y que solo existía en su anhelo frustrado de haber sido madre y ahora la abuelita de su cuento.

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