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Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

EL HOMBRE SABIO

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“Meditar es un acto de perforar, a través de las dificultades que nos ponen los factores externos, y llegar a nuestras vivencias más internas”

EL HOMBRE SABIO

 

Había una vez un hombre, al que las  gentes del lugar apodaban “el sabio”, que vivía solo en una cabaña construida en la ladera de una montaña, en una zona muy abrupta de la Sierra del Moncayo.

Al hombre le gustaba contemplar la Naturaleza, percibir la diferencia entre sus ciclos y la transformación que en su entorno se iba produciendo a través del tiempo.   

Todo esto era nuevo para él, que había conocido en profundidad la vida de la gran ciudad, sus prisas, sus presiones y sus insatisfacciones. En sus recuerdos habían luces y  sombras, que le gustaba ir esclareciendo.

Había vivido la coacción de sus padres para que fuera el mejor en sus estudios:

–  Hijo – le decían casi continuamente -, tienes que prepararte bien. Te espera un brillante futuro. No nos puedes decepcionar.

–  Yo no sé aún lo que quiero, mamá – contestaba, angustiado a veces, bajo el peso de un compromiso impuesto.

–  Tu padre quiere lo mejor para ti. Compréndelo. Ha luchado toda su vida por engrandecer la empresa que su padre dejó en sus manos, y quiere hacer lo mismo cuando tu estés preparado para ello. Además, eres el mayor y tienes una responsabilidad en la familia.

El callaba ante la imposibilidad de convencer a su madre de que tenía una vida propia que vivir, como otras veces había expuesto, y que aún no había averiguado como tenía que hacerlo.

–  Por eso no te preocupes, Andrés – le había dicho su madre – Aquí estamos tu padre y yo para ayudarte. Pero, ten paciencia, aún no ha llegado el momento de tomar tu decisión. Primero tienes que terminar tu carrera.

–  Ya lo sé, pero temo equivocarme en mi elección.

–  Oye ¿no será que hay alguien por ahí que te hace “tilín”?

–  ¡Mamá! – contestó Andrés algo picado -. Tu como siempre, programándome la vida. Bueno vamos a dejarlo.

Andrés terminó sus estudios con brillantes notas, para satisfacción de sus padres, que se sentían muy orgullosos de su hijo. El también estaba orgulloso de sí. Sabía que había terminado una etapa de su vida con éxito. Ahora podría elegir su futuro…

El hombre que era hoy Andrés, también se introducía apaciblemente en sus recuerdos, como en el día, no tan  lejano, en que su padre le dio un fuerte abrazo y le dijo:

–  Hijo, ya eres un hombre. Puedes entrar a formar parte conmigo de nuestra empresa, si quieres.

Y quiso. Los ojos y la sonrisa de su madre también se lo pedían. Y también Lucía, aquella joven, elegante y guapa, hija de un amigo de su padre, con la que salía desde hacía unos meses.

La situación gozosa dio lugar a preparar una boda fastuosa en poco tiempo. Casi tan poco como duró un matrimonio más por conveniencia que por amor. Andrés pronto se dio cuenta que, de nuevo, había sido atrapado por los proyectos de otros. Vivió su angustia en soledad, sin atreverse a contar a nadie su inadaptación, hasta que un día no pudo soportarlo más y decidió poner solución. Dejó sus bienes en manos de Lucía, que en cierta manera aceptó con agrado su alejamiento, y su parte del negocio en manos de su hermano, que también había terminado los estudios con notas muy brillantes, y recuperó su capacidad para decidir por sí mismo y su libertad para hacerlo. A pesar del dolor que causó a su alrededor, no dio marcha atrás, y emprendió su itinerario para alcanzar la felicidad.

El camino que discurría por delante de la casa, fue trazado con el tiempo por los pies de los caminantes. Salía de un pequeño pueblo, Vozmediano, situado un par de kilómetros más abajo de la cabaña, y subía cada vez más desdibujado, rodeando la montaña, hacia la cumbre, adonde sólo llegaban los más resistentes excursionistas de fin de semana, que gustaban de la soledad de esos parajes, contemplaban el paisaje y pensaban en sus relaciones personales, de trabajo, su situación económica, sus aficiones y, en una palabra, en su vida concreta.

A Andrés le gustaba la compañía de estas personas, cuando sentado a la caída de la tarde a la puerta de su cabaña, se paraban para saludarle.

–  Buenos tardes – le decían..

–  Buenos tardes – contestaba él en tono cordial -. ¿Qué tal el paseo?

–  Muy bonito, pero duro. El camino es muy empinado.

–  Pues siéntese conmigo a descansar y disfrutará del paisaje – sugería con amabilidad.

Muchos aceptaban su invitación, pues sentían curiosidad. Su aspecto no era el de un campesino, más bien parecía un hombre de ciudad en vacaciones. Su voz agradable y apacible inspiraba confianza. Todo él destilaba serenidad.

Pronto iniciaban una conversación fluida y amena. Andrés, “el sabio”, sabía escuchar, pero también conocía muchos temas de los que hablaban sus visitantes que, invariablemente, llegaban a expresar interés por su forma de vivir y le preguntaban sobre ello.

– Lo principal es que aquí tengo cubiertas mis necesidades y soy feliz, porque he logrado conocerme.

–  Pero ¿no echa de menos a su familia, a los amigos, a sus cosas?- insistían.

–  Ya le digo. He encontrado la paz conmigo mismo y con todo en el mundo y eso para mí es más importante que todo lo demás. Al fin siento la vida en mi y quiero     aprovechar esta vitalidad – les explicaba Andrés.

–  Yo también me siento vivo y aprovecho mi tiempo haciendo muchas cosas – le       solían responder,  sin llegar a comprenderle.

–  Es posible,  ¿pero es feliz? – le preguntaba interesado.

–  Bueno, no totalmente. Como todo el mundo. No existe la felicidad completa.

–  Puede ser feliz el que acepta sus limitaciones – le contestaba “el sabio” – hay que saber coger el truco a la vida.

–  También está nuestra responsabilidad con los demás. Participar en la vida de nuestra familia. Ayudar a la gente y no sentirse sólo.

–  Hay muchas formas de ayudar a los demás. Yo no me siento solo porque otros participan de mi vida. Vienen a visitarme y creo que los ayudo con mis palabras.

–  ¿Cómo les ayuda? ¿es Vd. médico, ingeniero, acaso banquero…?

–  No, sólo soy sabio. He cogido a la vida el truco del que le hablaba antes.

–  Y eso ¿en que consiste? – le preguntaban cada vez  más perplejos.

–  En sentirse vivo saboreando la vida. Llegar a la utarquia, la libertad interior, estando en consonancia con el mundo. No depender del exterior para ser feliz, aceptando los vaivenes de la vida. Vivir los problemas propios y ajenos con serenidad. Solucionarlos si está en nuestras manos. Denunciarlos si está en manos de otros. Ser hombre es complicado. Ser hombre sabio es más fácil. Es dejarse llevar por el yo más profundo.

Al anochecer, después de estos diálogos, algunos emprendían el camino de regreso al pueblo cabizbajos y meditabundos, comparando su vida totalmente ocupada en prosperar, con la otra situación propuesta de renuncia a casi todo. Seguramente, a su regreso a la cotidianidad se irían disipando sus escrúpulos y, al poco tiempo, habrían olvidado la anécdota de un fin de semana.

Otros, rememorando la conversación con el hombre sabio, seguirían subiendo hasta la cumbre, y contemplarían un paisaje amplio y luminoso. Y con ese bagaje retornarían a su vida diaria, prometiéndose volver en un próximo fin de semana.

Había un persona en especial, con la que se había encontrado varias veces y habían mantenido largas conversaciones, profundizando en los argumentos que cada uno de ellos exponía sobre su forma de vivir. Se llamaba Silvia y era de Argentina donde había estudiado sicología. Llevaba ya 30 años en España y también tenía la nacionalidad española.

–  Mira Andrés –  le decía muy a menudo –  creo que todo eso de ser sabio esta muy bien pero, en el fondo, tal como tu lo planteas, no sirve para nada. Lo que todos necesitamos es vivir bien y tener una buena posición económica.

Ella había sido estudiante en la universidad y convivido en un piso con otros estudiantes, con los que discrepaba a menudo. Era ambiciosa y aprovechaba sus conocimientos de sicología para convencer a sus compañeros, siempre en beneficio propio.

–  Yo me enamoré de Oscar, un actor de teatro, y nos vinimos a España con la esperanza de arrasar en el teatro español, pero no dio resultado y busqué otro camino. Hay que arrimarse al sol que más calienta.

Otras veces le hablaba del importante trabajo que ahora tenía en investigación cualitativa de mercado, con resultados económicos importantes.

–  ¿Ves? Esto lo podrías utilizar tu y ponerte al frente de la empresa que te pertenece. Yo estaría a tu lado.

A Andrés, lo que le proponía Silvia le atraía pero le producía pánico. Quería que dejara de visitarle y al mismo tiempo la seguía en sus fantásticos pensamientos empresariales. Al fin su estado de ánimo encontró de nuevo el equilibrio y en la siguiente visita la dijo: –  Mira,  agradezco tu ofrecimiento, pero no, no me interesa, no aspiro a ser un gran empresario, eso lo he superado.

–  Pero, Andrés, no puedes pasarte aquí el resto de tu vida sin recuperar lo que te pertenece – le increpo agriamente.

–   Mi deseo es no olvidarme de ser lo que soy. Adiós, amiga Silvia.

Ella se volvió airadamente y se marcho al comprender que no conseguiría nada de él.

Pasado un tiempo, unos dos años, recibió una visita inesperada. Un hombre subía por el sendero y no le era desconocido. Cuando lo tuvo más cerca reconoció a su hermano, Jorge, del que no había tenido noticias en todo este tiempo, y supo que algo grave había pasado. Le abrazó con gran cariño y le hizo entrar en su casa. Nada más entrar Jorge le dijo:

–   Papá se está muriendo y queremos estar todos junto a él.

–  Voy  contigo – contestó serenamente Andrés.

Volvieron a casa y, junto con la madre, afrontaron los momentos dolorosos que vivieron esos días.

Después de la muerte del padre, en un momento en que se quedaron solos, Jorge le dijo:

–  Me gustaría que volvieras. Sin condiciones. Cuando tu quieras. Deseo tu compañía y tu ayuda.

Andrés se quedó pensativo, y al cabo de unos segundo, le contestó:

–  Vuelvo a mi lugar y reflexionaré sobre ello. Con todo cariño. Te lo prometo.

Y volvió a su cabaña. Y reflexionó. Y meditó sobre lo que le decía su corazón. Y unió el amor que tenía a los suyos con el amor que tenía a su vida y supo que no eran

incompatibles.

Y comprendió que en su vida había mucho más que aprender, mucho más que dar y mucho más que recibir.

Al cabo de un mes volvió a Zaragoza , con los suyos. Fue acogido, no como el hijo pródigo, sino como el hombre que había alcanzado la sabiduría.

Unió sus esfuerzos a los de su hermano y juntos consiguieron hacer real el sueño de su padre, pero desde una perspectiva más actual y más justa.

Andrés comenzó su nueva vida. Una vida para la que había sido educado, que había sentido como una manipulación de su libertad y que ahora la podía hacer suya, porque la había aceptado desde su yo profundo.

                                                               Elisa Martínez Valverde

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