elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

EL ARBOL

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Unas manos amorosas me plantaron cuando era apenas una rama. Fue en una pequeña parcela de un pequeño terreno, de un pequeño pueblo de la sierra de Madrid, pero que, para mí, fue grande y hermoso. Crecí con ilusión de hacerme grande y frondoso. Yo no era un árbol definido, ni me preocupaba. Ocupaba un pequeño espacio ente otros varios árboles y era suficiente. Me cuidaban y yo me sabía importante porque pertenecía a alguien. En un determinado momento, las manos que me cuidaban decidieron que podía ser un árbol frutal y me injertaron. Y di fruto, sano y abundante, y me sentí más importante aún.

Más adelante fui viendo como otras manos se acercaban a coger mis frutos y los comían con avidez, pero no los saboreaban, y esto me puso un poco triste.

Pasó el tiempo. Las manos que me plantaron y me cuidaron ya no podían hacerlo y las otras manos no se preocupaban por mis necesidades, sólo de recoger mis frutos, y que fueran los más posibles. Sufrí sequías, inundaciones, tormentas con rayos que dañaron el interior de mi tronco. Y yo seguía dando frutos, y otros seguían comiendo o tirándolos sin darles ningún valor o agradecimiento, pero aún me sentía importante.

Y mi tronco fue envejeciendo, quedando sólo la corteza y poco más. Pero la savia seguía circulando por mi interior, elaborada con los nutrientes de la tierra donde se asentaban mis fuertes raíces, y seguí floreciendo en cada primavera, aunque mis frutos ya sólo alimentaban a los pájaros. Y seguí  considerándome afortunado, porque alguien, alguna vez, se introducía en el hueco de mi tronco y se resguardaba del frío, aunque alguien, alguna vez, hacía fuego dentro de mi y me quemaba las entrañas dejando cicatrices  humeantes, pero aún servía para algo y milagrosamente seguía floreciendo en primavera.

Que el Amor, el mejor nutriente de nuestra fe, donde se asientan

nuestras raíces más profundas, nos siga renovando cada Navidad,

y que la Paz del Señor nos una,  más aún, en esta Navidad 2005.

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