elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

EL ARBOL (DICIEMBRE 1986)

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Floreció y estaba hueco. Se le podía mirar por dentro y por fuera.

Estando dentro te sientes cobijado, acogido, pero te deja mirar al exterior por ventanitas que se han abierto en su tronco. Su interior se asemeja a una catedral gótica, tales son los mil recovecos y salientes que  el tiempo ha esculpido en su madera y los mil dibujos que forman sus nudos y nervios.

Alguien ha hecho fuego en su interior. El humo dejó sus huellas.

Me pregunto si le dolió o si, por el contrario, agradeció el calor que le proporcionó a sus viejos huesos.

Por fuera tiene cara de gigante bueno de cuento de niños. Sus ramas resecas miran al cielo en  todas direcciones. Desde ellas, especialmente desde las más altas, se divisa un paisaje maravilloso, y los pájaros se posan en ellas para contemplarlo.

Es viejo, pero no está muerto. Sus brotes se renuevan cada primavera, vistiéndole  con un precioso traje esmeralda que luego, en otoño, cambiará por otro color oro, contrastando con el verde de la pradera en donde está asentado.

Creo que me gusta venir aquí por verle a él principalmente.

Hay otros árboles a su alrededor, pero él es único, tiene “ángel”. Altivo y humilde. Imponente y acogedor. Sabe estar. Está donde le corresponde.

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