elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.

ASI DE SENCILLO (AGOSTO 78)

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Su misión era cubrirlos, protegerlos de la lluvia y también del hollín que, por la mañana, cuando encendían la caldera, caía de la cercana chimenea a la terraza, donde estaban instalados los sillones.

Cuando su presencia no era necesaria, la familia lo retiraba, apretujado, hacia atrás, y disfrutaban de la agradable comodidad de sentarse al aire libre, cálido pero no ardiente como el resto del día, rodeados de plantas que les hacían soñar que estaban en un delicioso jardín. Plantas modestas: geranios variados, “amor del hombre”, begonias, claveles …, en tiestos, pintados unos, descascarillados otros, pero de los que sólo importaba su contenido.

Arriba, el cielo, donde poco a poco iban apareciendo tímidamente lucecitas pequeñas, unas quietas, otras parpadeantes y otras en movimiento que, instintivamente, hacían pensar en viajes espaciales y que quedaban reducidos a la corta distancia que había hasta Barajas.

La oscuridad se hacía cada vez mayor y también el número de estrellas.

     – ¡Veo la Osa Mayor!

     – No, tonto, no es esa. Está más a la derecha.

     – Yo también quiero verla.

– Tu eres muy pequeño, Luis, y parte de ella te la tapa el tejado de la casa.

Luis insistió tercamente.

– ¡Pero quiero verla!

– Ven, te cogeré- dijo Oscar, el mayor- ¿Ves?. Esas cuatro forman el carro y las tres                                                 de delante, las más brillantes, son los caballos. Mi amigo Javier que sabe mucho de  las estrellas, me ha dicho que partiendo de una estrella de la Osa Mayor, y en línea recta, se encuentra la Estrella Polar, que es el caballo que guía la Osa Menor.

Tere, curiosa por lo que contaba su hermano, quiso entrar en la conversación.

– Pero yo solo veo tres estrellas en el carro.

     – No mujer, no. Esa no puede ser…

Mirando al frente tejados llenos de antenas en las casas más bajas; luces que van iluminando las ventanas; ruidos de coches que circulan por las calles cercanas: motores en marcha, pitidos y algún que otro chirriar de frenos. Eso no llama la atención, es lo de todos los días.

Pero el cielo… el cielo es más interesante. Su inmensidad se percibe al contemplarlo desde esta altura.

Cerca un avión pasa, bueno, sólo se ven sus luces. Otro, otro, otro por allá, con una, dos, tres luces, blancas o de colores: verde, roja…

Más lejos estrellas salpicadas como ojos vigilantes de la noche. Otras, más lejanas, se adivinaban como pequeñas gotas de rocío por su tímido brillo. Aquellas parecen agrupadas en torno a esa de color azulado, como si se tratara de una tertulia de amigos.

Alguna, más solitaria, de luz intensa, hace pensar que no necesita a nadie porque se siente poderosa.

En ciertos momentos aparece alguna nubecilla que impide por unos instantes la visión de la parcela en que se posa la mirada. Luego pasa, como si se hubiera corrido un velo que descubre nuevas maravillas.

Los niños vuelven con sus descubrimientos.

     – ¡Cuánto luce esa estrella! Es mía, ¡me la pido!.

– ¿Qué distancia nos separará de ella?

– ¿Se podrá llegar hasta allí algún día?

La madre, cortando la larga lista de preguntas que, probablemente, formularían ya que su  curiosidad era infinita, les dijo:

    –  Bueno, es hora de ir a la cama.

Algunos se resisten,  ¡se está tan bien aquí!. Pero en fin, es tarde y no hay más remedio. Mañana hay que madrugar.

– Oscar, echad el plástico a los sillones.

– Si, vale, yo me encargo.

– Sujetadlo bien que parece que esta noche va a haber mas viento. Por otra pinza aquí que no se suelte.

– No creo, está bien sujeto. Tiene más pinzas que un cordel de ropa a secar.

– ¡Hala, hasta mañana!. Buenas noches.

La noche avanza y el silencio va adueñándose poco a poco de las calles. Las ventanas de las casas van cerrando sus ojos y las luces dejan de existir. Son sustituidas por la Luna, que hace su aparición por detrás de un tejado.

Todo induce al descanso. A todos menos a él. El viento va en aumento y no le deja tranquilo. Se mueve inquieto sujeto por sus ataduras. Le gustaría volar como esos aviones que ve pasar por encima. Ser tan importante como ellos y llevar pintadas insignias con vistosos colores, para que todos le reconozcan y sientan deseos de subir con él más alto; o ser un bonito globo de colores, grande y alegre, de esos que sueltan en algunas ciudades cuando son las fiestas, y que llevan una barquilla con gente que,

desde las calles y plazas o desde las terrazas, le ven pasar y se alegran con su presencia; o imitar a las golondrinas en sus rápidos vuelos, tan ágiles y bulliciosas, que invitan a seguirlas, aunque solo sea con la mirada.

A veces consigue romper sus ligaduras, pero pronto se las vuelven a colocar. No hay solución. Aceptar es lo más sensato. Bueno, al fin y al cabo cumple su misión para la familia y ya es algo.

                                                                          Elisa Martínez Valverde

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