elisina

Es el espacio donde entre todos cumpliremos el sueño de mi madre, publicar sus escritos y salvaguardar sus memorias.


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UN ANTES Y UN DESPUÉS

 

Primer día de clase en Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid. Elisa se encontraba delante de la puerta de entrada, expectante y algo nerviosa a sus cuarenta años, en su debut de estudiante universitario. A su alrededor chicos y chicas,

en pequeños grupos, hablaban de temas del momento con la excitación de la novedad del comienzo de curso. Ella se esforzaba por entender la situación y se sentía feliz de vivir ese momento. Se unió a un grupo de jóvenes, también de primer curso, que intentaban averiguar el camino a seguir para llegar al aula de Química, donde tendrían la primera clase. Subieron la escalera de acceso al hall y la gran sorpresa de Elisa fue encontrase de frente colgada, desde la balconada del tercer piso, una enorme pancarta, en la que con grandes letras negras se podía leer: OTERO DIMITE, FARMACIA NO TE ADMITE. La dejó perpleja que eso se pudiera expresar con tanta libertad, pero a continuación otros jóvenes la pusieron en la mano un pasquín, con el que la invitaban a una Asamblea para hablar de la próxima huelga de estudiantes y hacerse oír ante las reformas anunciadas para las distintas facultades. Empezó a preguntarse en que lío se estaba metiendo y, casi, casi, toma la decisión de marcharse. Pero no estaba acostumbrada a evadir su responsabilidad y pensó que antes debía saber de que iba la cosa. Además llegar hasta allí no había sido fácil. Había tenido que recorrer una larga distancia en metro y autobuses, después de preparar a sus hijos y llevarlos ella misma al colegio. También recordó el día que, residiendo aún en Avila, fue al Instituto a examinarse de Graduado Escolar, para comenzar de nuevo algo que no había podido disfrutar en su momento y que le permitiría ponerse al día en los planes de estudio y así ayudar a sus hijos. Otro momento que no olvida, fue el viaje a Salamanca a examinarse para poder acceder al Bachiller Superior, también con mucha incertidumbre, ya que el día anterior había asesinado a Carrero Blanco. Pero fue. Y de eso hace más de 30 años. A continuación Instituto nocturno para seguir estudiando, y atender a su familia. Traslado a Madrid y mas complicaciones, revueltas callejeras, avisos de bombas en los centros de estudio y salir corriendo por si acaso, etc. Pero tenia un camino marcado y mucha fuerza de voluntad. Fin con la revalidad. El examen de Acceso a la Universidad para mayores de 25 años, la permitió el ingreso en esta Facultad. Desde luego ahora no se iba a acobardar por una situación que, probablemente, se arreglaría en poco tiempo. Pensó en sus hijos y se dijo que ojalá fuera así antes de que ellos llegaran a estudios superiores. Se dirigió, decidida a no perderse nada, al aula de Química, que la sorprendió por su magnificencia. Era inmensa, parecía un anfiteatro con sus sillones escalonados a distintas alturas. En el centro, abajo, la mesa de los catedráticos, catedrática en este caso, como un mostrador, largo y corrido y enfrente una pizarra que parecía una gran pantalla de cine. Todo inmenso, todo grande, todo nuevo, todo inesperado.

La Elisa de hoy, 2006,  piensa en aquel día como un gran  regalo de la vida. No pudo terminar sus estudios, para los que con tanto esfuerzo se había preparado, pero no lo considera como un fracaso, ni siquiera como un sacrificio por su familia. Hoy cree que sirvió para enriquecerse ella misma y estar siempre dispuesta a conseguir nuevas metas. Pudo vivir una parte de vida, un tanto robada, de su juventud y el contacto con los jóvenes y los acontecimientos en los que participó, la dieron una visión mas completa de su entorno y una intención de libertad mas amplia También le gusta pensar que pudo ser un estímulo para sus hijos, ya que los 5 terminaron las carreras universitarias que se propusieron. Lo que aún sigue lamentando es que la situación, bastante caótica, de aquellos momentos, no haya conducido todavía, a la reconciliación y concordia que ella preveía cercana.


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SINOPSIS DE PAULINA (26-11-2008) – Elisa Martínez

P A U L I N A

 

Paulina es una joven estudiante de Derecho. Vive con su padre, ya que su madre murió cuando todavía era una niña. Su relación con él es excelente: la comprende y la apoya en sus decisiones. En su último año de carrera opta por compaginar sus estudios con un trabajo, por lo que comienza, como administrativa, en un bufete de abogados. Está muy entregada a su nueva actividad, tanto que a los pocos meses deja aparcados sus estudios en la Universidad. De pronto su vida se complica pues su jefe la despide sin explicación lógica para ella. Después de mucho pensar, se da cuenta cual ha sido su problema: no ceder a las insinuaciones

de su jefe. Su padre, a quien se lo cuenta todo, la propone denunciar este despido improcedente y por un tiempo trabajan en ello, aunque sin resultado satisfactorio. Al fin lo dejan de lado y Paulina, decepcionada, vuelve a la Universidad y centra todo su interés en el curso. Se especializa en Derecho Laboral y en particular en la

parte de acoso en el trabajo, consiguiendo excelentes notas, lo que la tranquiliza de la decepción sufrida. Comienza una nueva etapa trabajando con un grupo de abogados, y el jefe la propone un caso especial para ella. Lo resuelve con éxito, lo que le permite aparcar totalmente un dolor no olvidado.


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Había una vez

Había una vez un muñeco de nieve que tenía la sonrisa helada.

¿Os habéis dado cuenta de que todos los muñecos de nieve están sonriendo?. No sé si es porque están muy contentos de que les hayan creado, o porque se ríen de los que les quedan mirando.

Pero a este muñeco de nieve se le había helado la sonrisa.

Cuando María salió de su casa, por la mañana, para ir al “cole” se lo encontró así.

Se le quedó mirando sorprendida porque, la tarde anterior, cuando lo hicieron entre ella y sus amigos,  tenía una sonrisa de oreja a oreja. Le pusieron por nombre Blanquito, ya que habían recogido la nieve más limpia, la que no había pisado nadie y les había quedado resplandeciente.

A Carlos le  gustaban mucho las zanahorias crudas y su mamá siempre le ponía una con el bocadillo del recreo; pero aquel día no le había dado tiempo a comérsela. De pronto se acordó de ella y dijo:

  • Ya sé, le pondremos mi zanahoria como nariz.

A todos les gustó la idea y buscaron en sus carteras más cosas para completarlo. Mónica, la hermana pequeña de Carlos, encontró un trozo de fieltro rojo y otro de cartulina azul de la clase de Manualidades.

  • Mirad lo que he encontrado – mostraba orgullosa.

Y les sirvió para recortar una boca sonriente, que sujetaron a la nieve clavando en ella unos palillos, y con la cartulina azul le hicieron los ojos. Después pensaron en vestirle.

María dijo:

  • Yo le regalo mi gorro.

Y le puso su precioso gorro de color rojo y se lo metió hasta las orejas, lo que les daba un aire muy montañero.

Carlos le envolvió el cuello con su gran bufanda,  para que no pasara frío durante la noche. A Alberto se le ocurrió ir a pedir a su abuelo una pipa de las muchas que tenía. Subió a su casa  y todo alborozado, le explicó para qué la necesitaba.

  • Calma, calma. Vamos a ver si encontramos una apropiada para la ocasión-dijo su abuelo mientras rebuscaba en un cajón. – Bien, ésta creo que te servirá.

Y le entregó una pipa, que a Alberto le pareció preciosísima.

  • Gracias, abuelo. Te debo una.

Salió corriendo escaleras abajo, diciendo con gran algarabía:

  • Mirad, la traigo.

Y se la puso en la boca.

–   ¡Ahora parece más importante! – comentó Carlos.

Mónica, dijo que le buscaría unos zapatos por si quería ir a dar un paseo. Y así lo hizo. Corrió a su casa y le pidió a su mamá unos zapatos viejos de su hermano mayor, que ya no usaba, porque los necesitaba para que, Blanquito, su muñeco de nieve, pudiera caminar. A su mamá le hizo mucha gracia y se los dio.

Total que, entre unos y otros, dejaron al muñeco hecho una preciosidad. Orgullosos de su obra y felices por lo que habían disfrutado, se fueron a sus casas para hacer los deberes, antes de cenar y acostarse.

Por eso no es de extrañar la cara de María al verle en este estado. Seguía teniendo el gorro, la bufanda, los zapatos y hasta la pipa, pero no era el mismo. No estaba alegre.

  • Pero bueno ¿qué te ha pasado?.

Y casi se cae del susto cuando Blanquito le respondió. Y es que la pregunta se la hizo a sí misma, no al muñeco,  porque todos sabemos que los muñecos de nieve no hablan. Pero éste si habló. Claro que Blanquito era especial. Y comenzó su relato.

  • Anoche, cuando os fuisteis, me quedé mirando todo lo que tenía delante de mí: las casas con sus luces encendidas, los coches rodando entre montones de nieve, personas que pasaban rápidas de vuelta a sus hogares… Algunas iban paseando y se paraban delante de mí y comentaban lo gracioso que estaba con mi aire de chico travieso. Me lo estaba pasando “pipa”.

María intervino:

  • Mira que gracioso. ¡Y yo preocupada porque te habíamos dejado solo!

Blanquito siguió relatando:

  • Poco a poco la gente iba desapareciendo, las luces de las casas se iban apagando y los coches se espaciaban cada vez más. Entonces, vi venir hacia mí un niño de unos 10 años, con ropa muy estropeada y aspecto descuidado, que abrazaba un cucurucho con castañas asadas, que le había regalado la castañera de la esquina, porque ya estaba recogiendo el puesto, para irse a su casa. Tan distraído iba mirando su tesoro, que no se dio cuenta de que un coche pasaba cerca de él, tan cerca que casi le rozó y las castañas fueron a parar bajo sus ruedas. El niño quiso, con sus manos heladas, recoger de entre la nieve su cena, pero las castañas estaban totalmente aplastadas y su desconsuelo fue tan grande que se sentó en la acera, delante de mí, y rompió a llorar.
  • ¡Que mala suerte! Otra noche sin cena…- murmuraba entre lágrimas.

Entonces noté algo muy caliente en mi pecho, y que se movía como si fuera un reloj. Algo que me producía dolor y, al mismo tiempo, un fuerte sentimiento de cariño hacia el niño. Supe que quería acercarme a él y abrazarle, pero no me podía mover. Ni siquiera con los zapatos que me regaló Mónica para pasear. La sonrisa desapareció de mi cara y una gran tristeza sustituyó a la alegría de unas horas antes.

El niño seguía llorando, encogido, abrazándose las piernas, en un intento de combatir el frío, pero yo le miraba con tanta intensidad que al fin notó mi presencia. Se volvió hacia mí y me vio. Se puso en pié y se acercó hasta tocarme. Luego me habló intuyendo que yo podía escucharle. Me dijo:

–   Hola muñeco de nieve. Me llamo Luis y tengo mucho frío. ¿Te importaría prestarme un ratito tu gorro y tu bufanda?. Te prometo devolvértelos antes de irme.

Sentí que volvía a sonreír, esta vez con ternura y le permití que me los cogiera. Se los puso y luego se acurrucó a mis pies como si yo pudiera protegerle y comenzó a contarme su situación.

–   ¿Sabes?. Yo tengo familia y sé que me estarán buscando y que lo estarán pasando también muy mal, pero no puedo hacer nada para evitarlo.

Le invité a seguir hablando para tratar de ayudarle y también para que no se durmiera pues el frío podría hacerle dormir para siempre.

–    Dime Luis ¿qué te pasó? ¿cómo llegaste a este estado?.

–   Es que verás. Hace unos días, creo que dos o tres, salimos de excursión con el profesor para hacer una marcha por un monte cercano a la pequeña ciudad donde vivo. Mis padres me habían dicho muchas veces que no me separara nunca del “profe” ni de mis compañeros, y así pensaba hacerlo. Cuando llevábamos andando mucho tiempo, y pasábamos por una zona de matorrales altos, yo estaba muy cansado y  además me dolía el pie, porque se me había arrugado el calcetín dentro de la bota, así que me paré para colocármelo. Me senté en una piedra y me descalcé sin darme cuenta de que mis compañeros seguían andando. Como tenía el pié hinchado, después de colocarme el calcetín me costó bastante meterlo dentro de la bota, así que cuando terminé me encontré completamente sólo y en un lugar totalmente desconocido y comencé a gritar:

“D. Pablo, por favor estoy aquí. No les veo. Antonio, Angel ¿es que no me oís?. Soy Luis y me he perdido. Por favor, volved a por mi”.

Así pasé un buen rato gritando y llorando, hasta que me convencí de que las voces que había creído oir  a lo lejos fueron mis propias palabras, que resonaban en el monte.

Estaba muy aturdido y no sabía como salir de allí, ni siquiera recordaba por donde habíamos venido, pero lo que sí sabía es que no me podía quedar sin intentar algo, así que tomé la dirección que creí podían haber seguido y comencé a andar. Estaba muy cansado, tropezaba y me caía a cada paso, pero también estaba muy asustado y seguí caminando.

Luis interrumpió su relato,  como reviviendo de nuevo la situación.

  • Por favor, sigue contándome – le dije ante el temor de que se entristeciera más y no quisiera seguir.

Después de un ligero descanso, suspiró profundamente y continuó:

–  Al cabo de mucho rato vi unas casas, como el comienzo de una ciudad y creí que iba a encontrar mi casa, pero no fue así, aquella no era mi ciudad. Llegué hasta ellas y me encontré con un grupo de niños sucios y harapientos, que me insultaron y se rieron de mi. Me quitaron la mochila y tuve que salir corriendo. Seguí adelante y vi a más gente. Me acerqué a un hombre de aspecto agradable y le dije que me había perdido, pero el hombre siguió su camino sin hacerme caso. Me acerqué a una señora que llevaba una niña de la mano y le pregunté:

Por favor, señora ¿por donde se va a la calle del Dr. Nieto?.

Ella me dijo sin pararse:

  • No lo sé. Lo siento.
  • Señora, es que me he perdido y quiero volver a mi casa – la supliqué.
  • Lo siento, pero tengo mucha prisa y no puedo acompañarte, ni tampoco sé donde está esa calle.

Y siguió su camino tirando de su niña.

Luego, pregunté a una pareja mayor que paseaba por allí

  • No conozco esa calle – dijo el señor – pero a lo mejor puede estar en el barrio que hay al otro lado del río. Creo que deberías ir hacia allí y preguntar.

Esto  del río me llenó de esperanza, pues no muy lejos de donde yo vivía pasaba un río, donde, a veces, al salir del colegio íbamos los chicos a tirar piedras al agua.

Atravesé el puente por donde me dijo el señor y llegué a un barrio muy diferente del que había dejado. Vi un bar y pasé  a preguntar. No había mucha gente y el hombre de la barra me miró con recelo. La verdad es que para entonces estaba bastante sucio y desanimado.

  • No, esa calle no está por esta zona, ni me suena de ningún otro barrio de esta ciudad – me dijo.
  • Mire, es que me he perdido, y no sé como encontrar mi casa. Además, llevo muchos horas sin comer nada y tengo mucha hambre, pero no tengo dinero para comprar comida. Por favor, ¿no me podría dar algo? – me aventuré a pedir.
  • Bueno, toma un bocadillo y sigue tu camino otro por lugar.
  • Gracias, señor, no le molestaré más.

Y seguí preguntando sin conseguir nada. Se hizo de noche y me refugié en un portal, para descansar y combatir el frío, y me quedé dormido.

A la mañana siguiente, seguí recorriendo calles totalmente desconocidas para mi y preguntando por una calle que, al parecer no existía en esta ciudad. Entonces me dí cuenta de mi error. Pregunté a un chico cual era el nombre de este lugar, y me dijo:

  • Chaval pues si que estás despistado, ¿no sabes que este pueblo se llama Campillo?.
  • No lo sabía. Yo creía que estaba en Puente – le contesté.
  • Ese no le conozco, pero creo que no está muy lejos. Y se marchó corriendo.

Me quedé muy triste. No estaba cerca de mi casa. Pero me animó la idea de que mis padres me estarían buscando, aunque quizás pensaran que había muerto en el monte.

Seguí andando por las calles esperando encontrar a alguien que me ayudara, pero así van pasando las horas y sigo sólo y desesperanzado.

Yo estaba cada vez más conmovido.

  • ¡Pobre niño!. Creo que yo te puedo ayudar. Conozco a unos niños que lo harán con mucho gusto.
  • No amigo – contestó Luis – sólo eres un muñeco de nieve, pero te estoy muy agradecido por haberme escuchado y prestado calor. Toma, te devuelvo tu gorro y tu bufanda y buscaré un rincón donde dormir.
  • No te vayas. Sé que puedo ayudarte. Quédate junto a mí – supliqué.

–  Gracias. Mañana volveré y si no te han deshecho a lo mejor me das buenas noticias – dijo Luis con una mueca irónica.

La sonrisa se me heló en la boca viendo la tristeza de su rostro. Por eso me ves así. María, yo confiaba en que vosotros podríais ayudarle. Dime que si, que harás cuanto puedas.

María estaba impresionada.

  • Es una historia muy triste la de Luis, y te prometo que entre mis amigos y yo conseguiremos que vuelva a casa con su familia. ¡Ah!, perdona pero tengo que irme. Oyéndote se me ha pasado la hora de la primera clase. En el recreo hablaré con Carlos, Alberto y Mónica y nos pondremos en marcha. No te deshagas por favor.

Y María salió corriendo.

Efectivamente, ya estaban saliendo de la clase cuando María llegó y dio, atropelladamente, una explicación por su retraso que, por suerte, la “profe” aceptó. Buscó a sus amigos y les pidió que se reunieran con ella en el recreo, que tenían  que solucionar un problema muy importante, de vida o muerte.

Como es natural, todos estuvieron muy nerviosos en la siguiente clase y no dieron una cuando les preguntaron la lección. Pero al fin llegó la hora del recreo y, sin acordarse de comer el bocadillo, se reunieron en su rincón secreto para que María les contase lo que pasaba, pues estaban muy intrigados.

Esta les puso al corriente de lo que le había contado Blanquito y todos estuvieron de acuerdo en ayudar a Luis. Y se pusieron en marcha.

La siguiente clase de Mónica era Ciencias Sociales y se encargó de preguntar al profesor donde estaba Puente, el pueblo de Luis.

Los demás fueron recogiendo datos, preguntando a unos y otros, y volvieron a reunirse a la salida y pusieron en común su información. Mónica les informó que Puente estaba situado al otro lado del monte y que, en coche, no se tardaba mucho en llegar. Comprendieron que solos no podrían solucionar el problema, y decidieron pedir la colaboración de sus padres. Así lo hicieron, y durante  la comida  cada uno contó a los suyos su preocupación y su interés porque esa misma noche Luis pudiera dormir en su casa.

Los padres de María se emocionaron al ver a su hija tan entusiasmada por una buena causa, y la prometieron que se pondrían en contacto con los padres de sus amigos. Igualmente los padres de Alberto y los de Carlos y Mónica se ofrecieron para colaborar, incluso llevar ellos mismos a Luis.

Antes de volver de nuevo al colegio, fueron a contarle a Blanquito sus gestiones para que estuviera tranquilo. El fieltro rojo de su boca volvió a extenderse y les dijo:

–   ¡Sois estupendos!.

  • Blanquito – le dijo María – a ti te toca esperar a Luis y contarle como están las cosas, pero que no se vaya, por favor.
  • De acuerdo – la contestó con voz un tanto débil, aunque ellos, en su entusiasmo, no se dieron cuenta. Y se fueron corriendo.

La nieve que rodeaba el corazón de Blanquito se había reblandecido, tal era la intensidad de su calor y eso le había debilitado. Pero estaba muy contento, tanto que le apetecía dar saltos con los zapatos que le puso Mónica. Se tranquilizó para estar muy atento cuando se acercara Luis. Y así fue pasando la tarde y su impaciencia aceleraba el latido de su corazón y ablandaba otro poco la nieve que lo rodeaba. Y Luis no aparecía, y los niños pronto volverían del colegio ¡cómo se desilusionarían al no encontrarle allí!

Al poco rato los vio venir corriendo, impacientes por conocer a Luis.

–  Aún no se ha presentado – les dijo.

María fue a su casa a pedir a su mamá merienda para todos y comérsela junto a Blanquito, esperando a Luis. Allí se encontró que estaban también los padres de sus amigos, que habían estado haciendo gestiones para localizar a la familia del niño. Por medio de la Guardia Civil, se enteraron de que le estaban buscando y se pusieron en contacto con sus padres para informarles que su hijo estaba en Campillo. Juntos decidieron que en cuanto viniera, lo llevarían todos en el coche del padre de Alberto, que era muy grande. Todo estaba preparado. Solo faltaba Luis.

María estaba emocionada y bajó a contarle a su grupo las noticias, y decidieron esperar todo el rato que hiciera falta. Blanquito estaba tan nervioso que parecía que su cuerpo había encogido. Ya no era tan alto. Nos niños no se daban cuenta del cambio ilusionados con su protagonismo en la historia, y seguían hablando y hablando mientras esperaban.

Se iba haciendo de noche y empezaron a preocuparse, ya que no habían vuelto a saber nada de Luis. Incluso tuvieron miedo de haber ido demasiado lejos, creyendo la historia contada por Blanquito, involucrando en ella a sus padres. Se volvieron a él para interrogarle y les sorprendió verle como más pequeño. En ese momento la sonrisa de Blanquito se hizo luminosa: había visto a Luis que se acercaba a su encuentro y que se  quedó cortado al ver a los niños, pero ellos se dieron cuenta enseguida y le rodearon con muestras de cariño.

  • Luis, ¡al fin has llegado! Tenemos buenas noticias para ti.

Le contaron todo lo que tenían preparado y a Luis se le saltaron las lágrimas de emoción. ¡Ahora si estaba cerca de su casa!.

Fueron todos corriendo y alborotados a contar a los mayores la llegada de  Luis y Blanquito se quedó solo. Respiró profundamente porque el reloj de su pecho marcaba los minutos muy deprisa.

Vio venir un grupo de personas entre las que se encontraban sus amigos que, después de dar algo de comer a Luis, iban a buscar el coche para llevarle a su casa,  pues estaba tan impaciente por abrazar a sus padres que ni siquiera quiso cambiarse de ropa.

Al pasar junto a Blanquito, Luis le abrazó y le dijo:

  • ¡Gracias!, si no hubiera sido por ti…

Y al muñeco de nieve se le quedó la cabeza ladeada del calor del abrazo.

Poco a poco, como la noche anterior, se fue quedando todo en silencio, pero a Blanquito ya no le llamaba la atención las casas que iban abriendo sus ojos luminosos, los coches rodando entre la nieve, ni la gente que volvía a sus casa después de su trabajo. Solo miraba en su interior y veía la sonrisa de Luis grande, grande, y sus lágrimas de alegría. Y la nieve alrededor de su corazón seguía derritiéndose, poco a poco.

Cuando, de madrugada, acompañados de sus padres, volvían cansados y felices,  porque Luis estaba de nuevo en su casa, María, Carlos su hermana Mónica y Alberto, vieron un montón de nieve y, encima de él, un gorro rojo, una gran bufanda y una pipa. En el suelo unos zapatos que no tuvieron tiempo de pasear.

Los niños gritaron:

– ¡Blanquito!. No, por favor.

Comprendiendo la frustración de los niños, sus padres les abrazaron tiernamente.

  • No os apenéis por Blanquito. Ha sido muy feliz pudiendo ayudar a Luis con vosotros. Todo esto ha sido una experiencia inolvidable para todos – comentó el padre de Carlos.
  • Si, pero nosotros pensábamos que nos iba a durar todo el invierno – le contestó el niño con tristeza.

Su madre le miró con dulzura, diciéndole:

  • Eso hubiera sido imposible. Además, pusisteis en él tanto cariño, que se le formó un corazón amoroso, capaz de derretir el hielo y eso es algo que todos quisiéramos poder tener, y vosotros lo conseguisteis.

Se sintieron muy consolados con estas palabras, pero María insistió dirigiéndose a sus padres:

  • Pero ahora ¿qué vamos a hacer?

Su papá contestó, dirigiéndose a todos.

  • Mirad, os propongo que el próximo fin de semana nos vayamos todos juntos a la sierra y allí haremos otro que va a durar mucho más, y que pondrá contentos a los que vayan por allí, ¿qué os parece?

Los niños se miraron, y rápidamente estuvieron de acuerdo.

  • Vale, y también nos tiraremos en trineo por la nieve- dijo Alberto con entusiasmo.
  • Mamá ¿podemos invitar también a mi amiga Paula? Ella no ha visto nunca la sierra – pidió, aprovechando la ocasión Mónica.

El padre de María puso fin a la lista de peticiones que se les avecinaban.

  • Bueno, basta de pedir, no os paséis. Creo que ya es hora de descansar y soñar con todo lo que nos ha pasado hoy.
  • De acuerdo, papá, vámonos. Buenas noches Mónica. Buenas noches Alberto. Buenas noches Carlos- se despidió María de sus amigos.

Y dirigiéndose a los padres:

  • Muchas gracias por vuestra ayuda. ¡Ah! Y no olvidéis vuestro compromiso del fin de semana.
  • Por supuesto- dijeron.

Y entre abrazos y saludos se fueron retirando a sus respectivas casas, disponiéndose a descansar de un día tan lleno de emociones.

María, ya en su cama, soñó con un muñeco de nieve, colocado muy arriba, muy arriba de la sierra, con su gorro rojo, su gran bufanda, la pipa y hasta los zapatos,  para darle la oportunidad de dar un paseo. Suspiró profundamente y sonriendo dijo en voz alta:

  • ¡Hola, Blanquito!

 

F I N


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LA VIDA SIGUE

Contempla el agua que brota en cascada entre unas piedras y discurre por este pequeño riachuelo con sonido burbujeante, llamando su atención. Su llamada es suave, apenas audible. Hay que quererla oír. Darse cuenta de que está ahí. Vida y color se reúnen en torno a ella. A Arturo le gusta este lugar. Intenta  tocar el agua,  pero su mano no la alcanza. Simplemente la contempla a la sombra de los altos árboles que le rodean. Octubre aún no se ha enterado de que es Otoño, a pesar de ya han transcurrido casi todos sus días.

A través de la vegetación, entrevé el monumento a Cuba y la figura de Cólon  y se siente también descubridor de su pequeño gran entorno. Sonríe. Paseando, sigue el curso del agua que baña los pies de una escultura de Diana cazadora que, armada con su arco y carcaj lleno de flechas, y acompañada por un canino, está de pie entre  un círculo de plantas que la rodea. Emulando al navegante, Arturo sigue el curso del río. Atraviesa puentes que lo esconden, más cascadas, hombres, mujeres y niños a su alrededor cada uno disfrutando a su manera, y llega ante la reja del estanque, por donde se ha escondido su río. Aquí al sonido del movimiento del agua se une  el sonido de los remos empujados por brazos más o menos fuertes, que intentan demostrar a los pequeños pasajeros de la barcas que lo son. Le llama la atención dos, al parecer en competición,  por los gritos infantiles que se escuchan:

Papá corre más, rema más fuerte. Nos ganará la barca de Luis y eso que la que rema es su mamá -. Inteligente chico este Angel, sabe cómo animar a su papá, que, por supuesto, le hace caso y se pone al lado de la barca de la mamá de Luis y Ana. Buen día para conocerse. Es sábado y a ambos les toca fin de semana de padres. Desembarco y paseo. Charlan todos animadamente.

Arturo descubre la nueva  salida del curso del río y lo sigue desde el borde de la reja hasta que finalmente desagua en el estanque, por debajo de un camino que lleva al embarcadero. Sigue escuchando los susurros del agua, que le cuentan momentos vividos y sentimientos no olvidados aún. Suspira y mueve suavemente la cabeza intentando escapar de ellos. Al menos de momento.

Aquí, también hay hierba y aves picoteando la comida que les echan desde fuera.

Un grupo de patos de vistoso colorido, se atreve a cruzar volando el camino y se

posan en el agua. Los contempla  con admiración y envidia: son libres. O al menos lo parecen.  Otros se quedan nadando tranquilamente en el pequeño lago que se ha formado entre la hierba, acompañados de jilgueros, palomas e incluso dos gatos adormilados, con los que conviven.

Arturo ve llegar a Luis, Ana y Ángel corriendo y se paran a su lado buscando a los peces que no acuden a comer el pan que les tiran los niños al agua. ¡Está tan sucia…!  Los padres se han  quedado rezagados comentando cosas sobre la educación de los hijos (conversación de mayores, ¡que rollo!). A él le hace gracia sus comentarios y entabla conversación con ellos. Les pegunta su opinión sobre cosas que les rodean, y se ríe con sus observaciones. Se hacen amigos los cuatro. mientras sus papás siguen con su charla académico-paternal. Ana se da cuenta de que están actuando las marionetas y trata de llevarlos a verlas. Pero los “tres hombres” siguen con interés una regata de piraguas que ha comenzado y no la hacen caso. Los papás tampoco. Arturo la abraza y la promete una sorpresa y Ana se queda junto a él.

¿Por qué no me dejaron a mis hijos? Yo los quería y ahora estarían aquí conmigo, como estos pequeños. Que no sabría cuidarles adecuadamente, me dijeron aquellos señores tan “sabios”, el día de la separación. Ella estuvo de acuerdo y se los llevó lejos, a su tierra. 8 y 10 años tienen ahora. Aproximadamente como éstos. Y están a  gusto conmigo. Podemos conversar, nos entendemos ¿por qué con ellos no iba a poder hacerlo?.

Los padres al fin se acercan a saludarle y agradecerle el buen rato que ha hecho pasar a los niños. El les dice que ha prometido a Ana una sorpresa y que ha pensado en invitarles a todos a un helado, si se lo aceptan. Los niños lo han oído y no hay posibilidad de negarse.

La mañana llega a su fin y se despiden para un próximo encuentro. ¿Dentro de dos sábados?. Arturo se siente bien. La vida sigue y la esperanza de unos nuevos amigos le alegra el día. Y quien sabe si habrá un nuevo mañana también para él.


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Nunca había visto nada igual

Nunca había visto nada igual. Esto es increíble. Yo estaba mirando esa enorme pluma, cuya grúa, utilizada para la construcción de ese elevado edificio, y situada una calle más arriba, apuntaba encima de mi cabeza. El fuerte viento era un obstáculo para mantener la cabeza alzada demasiado tiempo y cuando ya iba a bajarla ocurrió. Primero la vi bambolearse de un lado a otro durante unos segundos y seguidamente caer a plomo sobre la casa, esa que está  en esta misma calle donde nos encontramos. La conmoción que sufrí me dejó aturdido por unos instantes, pero pronto los gritos de dolor de los que habían padecido las consecuencias del accidente, me han hecho tomar conciencia de la terrible situación. Por eso les he llamado por teléfono a Emergencias, me uno a Vds. y me pongo a su disposición  para ayudar en lo que sea necesario.   – Gracias por su colaboración. Bien, vamos allá – respondió su interlocutor.

 


 

Ya les advertí a los del Ayuntamiento, desde mi experiencia como arquitecto, que esto podía ocurrir y no me escucharon. El emplazamiento de la grúa no era el más adecuado para la construcción que estaban llevando a cabo, un elevado edificio para oficinas y ahora aquí tenemos los resultados: el brazo de la grúa aplastando un edificio de viviendas. ¡Horrible, francamente horrible! A veces el progreso nos desborda y sufrimos las consecuencias. Utilizan artefactos incontrolables puestos en manos inexpertas, tratan de acelerar la finalización de la obra para obtener más beneficios, y luego cuando pasa lo que pasa le echan la culpa al viento. Varias personas mueren, otras quedan heridas y sus viviendas destrozadas. ¡Y el viento tiene la culpa!.Tu lo has visto igual que yo ¿verdad?. Lo hemos hablado varias veces paseando por aquí, y ya ves desgraciadamente hemos tenido razón.


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UN PERSONAJE

Sorpresa de la Agente de la Circulación al acercarse al coche para rellenar el impreso de infracción. Tres caras de payaso, un adulto y dos niñitas, la interrogaban con la mirada a través de la ventanilla. Sin poder contenerse soltó una carcajada. El payaso en cuestión tenía el rostro sonriente y mirada melancólica. Atrayente e infantil. Cuerpo atlético y movimientos pausados.

Julia y Andrea con la impaciencia de sus tres años, preguntaron a su papá por qué no seguían cantando. Este esperaba la decisión de la autoridad, quien dadas las circunstancias y la poca importancia de la infracción cometida, les autorizó a reanudar la marcha, con la condición de no lavarse la sonrisa.

Era su día juntos. Javi suspiró y se tocó la nariz. Notó algo pegajoso y en el dedo pintura roja. Comprendió entonces la sorpresa de la Señora Agente. Y volvieron a cantar. –No pasa nada, se dijo, hoy es nuestro día-, mientras pensaba: “Si hubiéramos venido los cuatro juntos esto no habría pasado. María estaba siempre al tanto de lo que había que hacer. Bueno, que mierda, y eso qué importa, peor para ella. Y siguieron cantando: “Había una vez un barquito chiquitito, había una vez…”. Las pequeñas gritaban y palmoteaban, como si estuvieran en la guardería, pero más contentas: estaban con papá.

Llegaron a la zona de acampada en Cotos. Desde luego no era un 5000, pero bueno, era suficiente. Los demás ya estaban allí: Juanma, Santi y Carlos, con sus familias. Se abrazaron todos contentos de estar juntos, sobre todo la chiquillería, que en general tenían las mismas aficiones que sus padres.

Javi después de los saludos, se fue alejando poco a poco, como buscando sitio donde montar la tienda. Luego se paró y su mirada se hizo más melancólica. Recordaba el recibimiento que le hacía María cuando regresaba de sus escaladas más duras, con el triunfo en el semblante. La veía orgullosa de su fuerza, de su alegría. Era el mejor de todo el grupo y ella lo abrazaba satisfecha de su éxito. Más tarde, cuando decidieron compartir todos sus días, ya no era igual. Le pedía más responsabilidad, más estar con ella, más trabajar, más dejar ilusiones… ganar más. Insistió en tener hijos, eso les uniría, decía. Pero no fue así. El quería a sus hijas, disfrutaba con ellas, pero la montaña le atraía demasiado, no podía olvidarla. Un año después se separaron.

Javi llevaba a las niñas con sus amigos, los días que la Ley le dejaba ejercer de padre. Quería que disfrutaran de lo que para él había sido su vida. Sus amigos le entendían, aunque ellos se adaptaron mejor a la vida compartida que habían elegido. El siempre se quedaba contemplando las cumbres, recordando cada escalada, cada revuelta, cada cota. ¿Dónde se perdieron sus sueños de llegar a lo más alto?.

Santi se acercó por detrás y le puso el brazo sobre el hombro. -¿Qué hay, Javi, soñando?-.

– Ya ves, Santi. Mis sueños siguen vivos. Y mis deseos de que se realicen también. ¿Crees que será posible?